Bioética. Una vez más

Dr. José Ramón Acosta Sariego*

 

 

 

Cuando los organizadores de la II Jornada Científica Estudiantil Virtual de nuestro Instituto me honraron solicitándome esta conferencia, estuve pensando largamente cuál sería el tema adecuado entre los muchos que conforman el candente espectro del debate bioético contemporáneo, tal vez el mayor interés de los estudiantes estaría dirigido a las implicaciones del reciente develamiento del Mapa del Genoma Humano, o las modificaciones (que no precisamente para mejorarla) han sido introducidas en la Declaración de Helsinki, o las preocupantes informaciones sobre los resultados de los dos primeros años de práctica del Suicidio Médicamente Asistido en el estado norteamericano de Oregón, o la espeluznante situación del SIDA en el África Subsahariana, o las responsabilidades y los efectos del cambio climático en la salud y la supervivencia de la vida misma. Son tantos los temas.

 

Sin embargo, creo que sería de más utilidad para los estudiantes interesados en esta apasionante disciplina, precisar algunas cuestiones acerca del sentido mismo y  validez del discurso bioético, porque muchos de ustedes habrán escuchado  criterios adversos de profesores que se resisten al cambio de paradigma que la Bioética significa, ya bien sea por prejuicios o falta de información.

 

La Era del Conocimiento en la que nos adentramos, y de la cuál esta Jornada Científica Estudiantil Virtual es un ejemplo, requerirá de nosotros una apertura de pensamiento que los estrechos marcos heredados de la Modernidad no pueden  contener.

 

Es común que todos, seamos especialistas en la materia o no, tanto en el lenguaje conversacional como en el discursivo usemos la palabra Ética para denominar  los aspectos que devienen del análisis de los procesos propios de la moral  y  esto a mi juicio no es sólo aceptable, sino correcto. Sin embargo, otra cosa sería el uso en el lenguaje académico y científico donde emplear la palabra Ética tiene una connotación particular, diferente a lo que significa  la  palabra Bioética.

 

Les invito a remedar un poco la mayéutica socrática y contestando algunas preguntas ir desarrollando las ideas que pienso exponerles.

 

¿Por qué Bioética y no Ética?

 

No es correcto decir que la Ética como disciplina contiene a la Bioética, porque la Bioética entraña una perspectiva teórica y metodológica cualitativamente diferente a la Ética general o tradicional.

 

 

Eso es lo que usando el principio marxista de la historicidad  trataré de explicarles a continuación. Para ello les reproduciré un fragmento de un trabajo que publiqué hace poco más de un año en la revista Biotecnología Aplicada. [1]

La tradición cultural occidental ha sido recurrente en atenerse al bíblico mandato de enseñorearse sobre las bestias, las plantas y todo producto de la mítica creación.

Durante milenios, la principal preocupación moral del hombre fue él mismo, su familia, su tribu, su ciudad y, más modernamente, su estado y su clase social; o sea, sólo lo humano o el producto de la actividad social humana como la política, el arte y la religión fueron considerados objetos de moralidad, y por tanto de la ética.

En todo el largo intervalo de la época premoderna, la capacidad transformadora del hombre fue tan limitada que sus acciones raramente podían causar daños que no fueran potencialmente autorreparables por la naturaleza. Por esta razón, las principales corrientes del pensamiento ético que nutrieron nuestra cultura partieron del supuesto de que la naturaleza cuidaba de sí misma, no consideraron la obligación moral de preservarla y sólo le concedieron a ésta un papel subalterno, un modesto status de medio, del cuál se podía disponer en nuestro provecho.

Emmanuel Kant, fundador de la moral moderna, nos dejó explícito, en el legado de sus imperativos categóricos, que sólo los hombres son fines morales en sí mismos y no medios, por tanto, para el sabio de Königsberg, la naturaleza no humana es un medio perfectamente delimitado de los sujetos morales, como reza en su aserto: “El cielo estrellado sobre mí, la ley moral dentro de mí.”

La conquista de América por los europeos marcó el inicio de una nueva etapa del proceso civilizador, si es que pudiésemos llamar civilizadora a la primera gran e irreparable injuria masiva contra el medio ambiente en que devino el saqueo de los recursos naturales del Nuevo Mundo, fuente del capital originario para el desarrollo industrial y científico técnico que, en mayor o menor medida, fueron alcanzando las metrópolis coloniales en los siglos subsiguientes.

La ética premoderna fue una ética del presente, su esencia radicó en la prescriptiva de las relaciones interhumanas sobre la expectativa de hechos que pueden tener lugar en la inmediatez. Incluso las comunidades religiosas que trataron de anticipar el reino de Dios, sólo intentaron cumplir en términos morales una utopía prefijada por la palabra divina.

Aún en pleno apogeo de la modernidad, la visión de las diferentes construcciones éticas predominantes seguían bebiendo de los viejos odres de una ética esencialmente interhumana, contempla­tiva y centrada en el presente.

Los movimientos políticos, ideológicos y sociales que durante el siglo xix dieron origen al socialismo marxista, pusieron en la liza una eticidad con características distintivas, que, aunque compartió el optimismo tecnológico del paradigma civilizatorio donde surgió, centró su atención en la acción dirigida a un futuro que debía construirse, no a partir de preceptos prefijados, sino de las leyes objetivas del desarrollo. El contexto moral venidero pasó a ser una incógnita que debía ser develada en el proceso de búsqueda activa y construcción de una nueva sociedad.

El siglo xx fue escenario de la competencia entre las dos alternativas de progreso en que se resumió la modernidad, socialismo y capitalismo, lo que contribuyó decisivamente a que la ciencia y la tecnología fueran demoliendo barreras y reinstalando permanentemente las fronteras del conocimiento y el dominio de los procesos naturales, hasta que la invasión del micromundo por la física y la biología enfrentaron a la humanidad ante la perplejidad de su propia soberbia.

La intrusión de la física atómica y la biología molecular en el recinto de las esencias de la realidad objetiva, trajo consigo la certeza acerca de que la interpretación que los occidentales habíamos hecho de la relación moral del hombre con la naturaleza debía reevaluarse a tenor del trascendental impacto que las nuevas tecnologías, —surgidas en el afán de perfeccionamiento de su dominio— podían tener sobre los ecosistemas. El hombre, lejos de contribuir al incremento de la calidad de la vida, estaba interviniendo decisivamente en la destrucción del medio ambiente, y con ella, a la suya propia.

La primera manifestación de una toma de conciencia de los peligros desatados, fue la llamada crisis moral de los físicos, quienes en la década de 1950, protagonizaron un movimiento intelectual y de activismo político que abjuró de su contribución al desarrollo de las armas nucleares y abogó por la prevención de la utilización de esta fuente de energía con fines bélicos y de las consecuencias de su uso indiscriminado.

Sin embargo, en las últimas décadas, el progreso científico de la biología molecular ha sido tan impresionante que el impacto potencial sobre el medio ambiente de la tecnología asociada a éste, si bien menos espectacular, puede alcanzar peligrosamente proporciones mayores y más permanentes.

En un interesante artículo sobre manipulación genética el Profesor Lacadena[2] cita a Fred Hoyle, astrónomo de la Universidad de Cambridge, quién, en la década de 1960 se expresó de esta manera: “... dentro de veinte años, los físicos, que sólo fabricamos inofensivas bombas de hidrógeno, trabajaremos en libertad, mientras que los biólogos moleculares lo harán tras alambradas eléctricas...”

Por primera vez en la historia, la biosfera, que hasta el momento parecía inmutable, ha empezado a emitir peligrosas señales de lo que significan las reiteradas intervenciones depredadoras del hombre.

De ahí, la creciente preocupación moral de las últimas décadas por la cuestión ambiental que ha dado lugar a dos posiciones deontológicas fundamentales, aquella sustentada en el punto de vista de lo que esta actitud irracional puede significar para la existencia del propio hombre, o desde una visión más holística de nuestra responsabilidad —como únicos animales conscientes del alcance de nuestras acciones— con la preservación de la vida y de los ecosistemas en general.

Por todo lo expresado aquí es que se está produciendo una recomposición del pensamiento humanista contemporáneo, que justiprecia el discurso ético; implica una nueva perspectiva, que reconoce la ampliación de los sujetos morales; rebasa lo propiamente humano y se extiende a toda la biosfera. La naturaleza ha ascendido, de simple medio, a ser considerada fin moral. Esta nueva ética, además, es una ética de la acción orientada al futuro, donde el momento teleológico se sitúa en las consecuencias a largo plazo, incluso para generaciones no existentes hoy.

 

¿Cuáles son entonces las diferencias sustantivas entre el enfoque ético tradicional y el bioético?

 

Mientras que la Ética en su empeño de desentrañar el sentido de la vida y el ideal de vida buena es una disciplina estrictamente filosófica y por lo tanto le es suficiente para intentar la búsqueda de respuestas valerse del método de la  corriente pensamiento sobre la cuál sustente esta reflexión; la Bioética es una disciplina que el creador del término, Van Ressenlaer Potter, calificó como “disciplina puente” porque se ocupa de complejos problemas concretos, aunque éstos sean de carácter global, y requiere por tanto  del concurso de los métodos de las ciencias particulares, de las llamadas “ciencias duras o exactas”, lo que implica un enfoque necesariamente multidisciplinario. En resumen la Bioética es diferente en cuanto a objeto, fines y método porque:

La Bioética significa:
 

 


·        Ampliación del fin moral de la ética  è  la biosfera

 

·        Su objeto no es la mera reflexión sino la solución de problemas

 

·        Consideración de las consecuencias remotas

 

·        Acción dirigida al futuro

 

·        Consideración de los derechos de las generaciones venideras

 

·        Confluencia de las Ciencias y las Humanidades en una nueva perspectiva ética que requiere de la metodología de ambas  

 

                                     ê

Cultura de la supervivencia de la vida (Potter, 1971)  

 

¿Cuáles son los límites y real aporte de la Bioética?

 

Es lógico que como toda disciplina en desarrollo,  la Bioética, aunque responda a una determinada necesidad social tenga insuficiencias y límites. La Dra. Thalía Fung, Presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Filosóficos, en un seminario sobre el tema auspiciado por la Sociedad Cultural “José Martí” hizo  un equilibrado análisis sobre el lugar de la Bioética en el pensamiento contemporáneo, del cuál les transcribo algunas ideas.

 

“¿Posee un espacio sustantivo la bioética en el pensamiento filosófico contemporáneo? Definitivamente sí.  En el caso de las ciencias médicas  donde ocupa un espacio mayor de reflexión y de aplicación ha asumido la característica de rescatar los valores humanos ante la preeminencia de los científicos (saber) y de los tecnológicos (procederes). Sin embargo, nos sentimos obligados a augurar que ella tendrá que proyectarse en el futuro como una disciplina rectora para los problemas éticos que plantean las ciencias médicas, con una dimensión de mayor identidad al tratar la ética en relación con las ciencias de la vida y como integrante de una ética ambiental. Dicho camino  tendrá que seguir, a la vez, una relación sucesiva  y sincrónica.  Mientras, la ética biomédica  significará una concientización acerca de  los desafíos nuevos que enfrentan las ciencias médicas, de los cuales no es, ni remotamente el  menor, el elitismo de sus receptores principales.” [3]

 

Coincido con la profesora Fung en su apreciación  de que lo que Diego Gracia ha llamado Bioética Médica es sólo el reflejo del movimiento bioético en el ámbito de la atención de salud en el restringido marco de la organización sanitaria, y una consideración holística  acorde a la visión original potteriana de la Bioética, nos orientaría a una perspectiva ambientalista en la que los problemas de la salud y la vida deben ser analizados en el contexto de una compleja urdimbre de relaciones naturales y sociales, individuales y colectivas.

 

Finalmente, otra crítica que ha recibido la Bioética es una supuesta  inconsistencia de su método. Se le imputa un cierto relativismo ético al admitir el código múltiple para la análisis y búsqueda de solución a los problemas que considera. Esto lejos de ser un defecto sería una virtud en las condiciones del mundo de hoy, caracterizado por la preponderancia de un modelo hegemónico y del dominio casi absoluto de las culturas centrales de los medios de difusión científica y masiva. La Bioética funciona entonces como una formación reactiva de reafirmación multicultural. Pongo un ejemplo:

 

En el texto del borrador de la Declaración Universal del Genoma y los Derechos Humanos aparecía recurrentemente la palabra democracia en una interpretación signada por las escalas de valores y los símbolos occidentales. El debate en el seno del Comité Consultivo Intergubernamental de Bioética esto fue superado. De haber permanecido como estaba hubiese significado la imposición del modelo democrático burgués occidental como único espacio posible para el ejercicio pleno de los derechos humanos en materia genética. Pero esta decisión sería contraria al espíritu de la Bioética en sí mismo por lo que se retiró toda alusión de ese tipo del documento definitivamente aprobado por la Asamblea General de la UNESCO a fines de 1997.

 

La Bioética se ofrece como un escenario más de la lucha de ideas contemporánea entre  las culturas de las sociedades industriales o  centrales  y las subdesarrolladas o periféricas.

 

Conclusiones

 

Aunque el tema abordado en esta conferencia es necesariamente denso y los lectores pueden lamentar que no haya abordado alguno de los amenos y no menos polémicos temas que enuncié en la introducción, me pareció obligado dedicar esta oportunidad para aportarles argumentos a ustedes que como joven generación y nuestro relevo, serán actores en una época en que la globalización y tecnificación de la vida  alcanzarán cotas insospechadas, y en que la Bioética tendrá un papel muy importante en la estructuración de una espiritualidad imprescindible a la Era del Conocimiento.

 

Espero haber podido argumentar por qué considero  un error confundir Ética con Bioética, o lo que es peor tratar de subordinar el sistema Interdisciplinar de la Bioética, al marco referencial estrictamente filosófico de la Ética General o Tradicional; y mi convicción de que la Bioética no niega a la Ética General, sino que es un nivel diferente de estructuración del conocimiento y la acción moral.

 

Si alguno de ustedes discrepa de mis criterios les agradeceré sus opiniones. Prometo que si los organizadores me invitan a una próxima Jornada Científica Virtual trataré un tema menos abstracto y que les sea de mayor utilidad práctica, aunque yo creo sinceramente que este de ahora les es de mucha utilidad ideológica.

  

Bibliografía

 

* Profesor Titular. Master en Bioética. ICBP “Victoria de Girón”. E-mail: joseacosta@giron.sld.cu

 

 

[1] Acosta J. Los Organismos Modificados Genéticamente: el Poder Blando del Tercer Milenio. Biotecnología Aplicada. Vol. 16. Número Especial de 1999: E-25-31

 

 

[1] Lacadena JR. "Manipulación genética", Fundamentación de la bioética y manipulación genética. Dilemas éticos de la medicina actual-2, Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas, Madrid, 1988, p. 144.

 

[1] Fung Thalía.  ¿Posee un espacio sustantivo la bioética en el pensamiento filosófico contemporáneo? Conferencia dictada en el Seminario-taller del ciclo Cuba-Estados Unidos. Sociedad Cultural José Martí. La Habana, junio 2000.