JOSE MARTI Y LOS MEDICOS     REVOLUCIONARIOS CUBANOS

INTRODUCCIÓN

DESARROLLO:

MARTÍ Y LOS ESTUDIANTES CUBANOS DE MEDICINA EN ESPAÑA

MARTÍ Y LA REVOLUCIÓN DE LOS MÉDICOS

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 


INSTITUTO SUPERIOR DE CIENCIAS MEDICAS DE LA HABANA

FACULTAD DE CIENCIAS MEDICAS “DR. SALVADOR ALLENDE”

 

AUTORES: JULIO ARMAS CASTRO

                       SARHA E. LEZCANO RODRÍGUEZ

                       JENNY CABALLERO BARRIOS

                         2do. AÑO  MEDICINA

 

 

TUTOR: DR. JULIO R. ARMAS FEMENIAS

                 DOCTOR EN CIENCIAS HISTORICAS

                Profesor e Investigador Titular

 

“...no se conformaron nuestros compañeros con su misión, curando y operando con medios primitivos en el misterio de nuestras selvas por entre ciénagas y tremedales, bajo el fuego del enemigo, sino que actuaron en plena manigua revolucionaria como soldados de fila.” 

Dr.  Benigno Souza Rodríguez

 

 

INTRODUCCION

 

Es bien sabida la participación notable de los médicos en nuestras guerras independentistas contra España, primero como conspiradores y después como activos miembros del Ejército Libertador, en el que no sólo integraron la sanidad militar, sino que actuaron en los combates como heroicos soldados, para llegar a obtener en muchas ocasiones los grados de general o morir luchando al frente de sus tropas.  También los médicos participaron en actividades políticas durante las dos guerras, ya como constituyentes, diputados a la Cámara de Representantes, secretarios o subsecretarios de despacho en los diferentes gobiernos de la República en Armas.

 

Nuestro Héroe Nacional José Martí calificaría la guerra que preparaba, como la “Revolución de los médicos”, por la gran cooperación que los mismos prestaban a la causa.  Por este motivo decidimos realizar este breve acercamiento al tema donde se pone de manifiesto como el Maestro valoró y utilizó en provecho de la revolución independentista, la función social del médico cubano y cómo influyó sobre la conducta de muchos de ellos.

 

 

 

DESARROLLO

 

  

MARTI Y LOS ESTUDIANTES CUBANOS DE MEDICINA EN ESPAÑA

 

Desterrado a España, después de sufrir prisión en las canteras de San Lázaro y confinamiento en la Isla de Pinos, llega Martí a Madrid en febrero de 1871 lacerado en lo físico y lo psíquico, se hospeda en un modestísimo cuarto de casa de huésped situada en la calle Desengaños número 10 y logra como único sostén económico el que le proporcionaban unas clases que daba a los hijos de Don Leandro Álvarez Torrijos y a los de la señora Barbarita Echevarría, cubana, viuda del general español Ravenet, en cuya casa fue acogido con muestras de verdadero cariño y admiración.

Desde un principio entra en contacto con su antiguo amigo y compañero de actividades revolucionarias en La Habana, el estudiante de medicina Carlos Sauvalle y Blaín, de acomodada familia, quien por sus inquietude4s políticas había sido deportado a España y puesto casa en Madrid. 

Carlos Sauvalle era hijo del famoso botánico cubano, nacido en Charleston, Estados Unidos, don Francisco A. Sauvalle y Chanceaulme, el cual, en su rica bibliografía presenta varios títulos de gran importancia para la medicina cubana de su época, como Notas sobre algunas plantas venenosas o medicinales de la Isla de Cuba, La Habana, 1867 y Apuntes para la Flora Médica Cubana, La Habana, 1868 quien fuera además, sobrino de don José Blaín y Cervantes, también ilustre botánico cubano, hombre sabio, de modestia y desinterés científicos poco frecuentes. 

La amistad entre ambos desterrados llegó a estrecharse tanto que Sauvalle trató en varias ocasiones de hacer que Martí se trasladara a su casa, pues se había convertido en un ideal secretario y verdadero enfermero de su quebrantada salud y fue él quien llevó a su lecho de enfermo al cirujano cubano, Dr. Hilario Candela, después notable catedrático de obstetricia de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid, quien en unión del Dr. Gómez Pamo, lo intervino quirúrgicamente en dos oportunidades en esta época, de un sarcocele o tumor sólido del testículo, producto de su estancia en las canteras, afección esta dolorosísima con frecuencia, que no curó del todo y que lamentablemente lo acompañó durante el resto de su existencia. 

En noviembre de 1871 al ocurrir la recaída de esta dolencia, Sauvalle logró llevar para su casa a Martí y le costeó la intervención quirúrgica.  Dos meses antes los dos amigos habían sostenido una sonada polémica en el periódico madrileño de ideas liberales, El Jurado Federal, contra el reaccionario periódico La Prensa, en defensa de los cubanos emigrados en la capital española y que los hizo escribir artículos aparecidos en El Jurado Federal los días 7, 9, 17, 20, 23 y 24 de septiembre.(1) 

De los primeros meses de Martí en Madrid es la siguiente anécdota que pone de manifiesto el gran trauma psíquico que le produjeron los maltratos recibidos como consecuencia de la brutal condena de trabajo forzado en las canteras de San Lázaro. 

Otro de sus íntimos amigos, el entonces estudiante de medicina Manuel Fraga Leiro, que años más tarde sería miembro fundador de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana (1879) y después médico y farmacéutico emigrado en Cayo Hueso durante la guerra independentista de 1895, quiso que Martí conociera al joven patriota portorriqueño y también estudiante de medicina Manuel Zeno Gandía. 

Al ocurrir la presentación y extender la mano al boriqueño lo detuvo el cuhano con estas palabras: 

“Un momento... como usted no me conoce es preciso que sepa usted antes, si un hombre ultrajado, que no ha tomado todavía la revancha de las injurias sufridas, es digno de que se le estreche su mano...  Quiero que el señor aprecie por sí mismo las injurias” y llevándolos a un portal de escasa luz, próxima al lugar, se quitó la chaqueta y con rápido ademán mostró su espalda desnuda.  Había en ella una terrible cicatriz que oblicuamente la abarcaba toda, dejando ver la huella cárdena de un latigazo que debió, al producirse, formar una úlcera.(2)

 Cuatro días después del fusilamiento de los estudiantes de medicina en La Habana, el 1 de diciembre de 1871, aparece en El Jurado, el antiguo Jurado Federal que había cambiado su nombre el 3 de noviembre de ese año, un artículo titulado “Fusilamiento en Cuba” en el que se daba cuenta del asesinato de los ocho estudiantes del primer año de medicina, la condena a prisión de treinta y cinco y la absolución de dos.

 La noticia deja profundamente abatido a Martí, que guardaba cama de enfermo y poco después conoce que entre los primeros se encontraba su amigo Anacleto Bermúdez y González de la Piñera, compañero del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en unión del cual había fundado, junto a otros estudiantes, un periódico manuscrito clandestino, de carácter subversivo, El Siboney, en el cual había publicado Martí su soneto patriótico “10 de Octubre” y entre los segundos su “amigo del alma”, compañero de estudios en los colegios San Anacleto y San Pablo, Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó, fundador con él de los periódicos El Diablo Cojuelo y La Patria Libre publicados en enero de 1869, en los que aparecieron los primeros trabajos políticos de Martí.

El dolor que le produjo este hecho monstruoso solo pudo ser mitigado en parte por su reencuentro con Valdés-Domínguez en Madrid en junio de 1872.  Este propio año al cumplirse el primer aniversario de tan horrible crimen se celebró en casa de Carlos Sauvalle un acto conmemorativo en el que Martí, a pesar de estar convaleciente de su segunda intervención quirúrgica, pronunció una encendida pieza oratoria y ese día también se fijó en las puertas de los templos y en los principales lugares públicos de Madrid, una hoja impresa, escrita por Martí, pero suscrita por  Valdés-Domínguez y otro de los estudiantes sancionados, Pedro de la Torre Núñez.  Sobre este último suceso diría Martí años más tarde:  “clavaron los estudiantes cubanos sobrevivientes el padrón de vergüenza nacional, el recuerdo del crimen que la ciudad leyó espantada”.(3)

En diciembre de 1872, en busca de un medio ambiente más saludable y económico que les permitiera continuar sus estudios y mejorar su estado de salud se trasladan Martí y Valdés-Domínguez a Zaragoza.  Allí se enfrasca febrilmente Valdés-Domínguez, asesorado indiscutiblemente por Martí, en la redacción de su libro-denuncia de los hechos del 27 de noviembre de 1871.  En él se sigue el mismo objetivo desarrollado por nuestro Héroe Nacional en su libro, El Presidio político en Cuba, Madrid, Imprenta de Ramón Ramírez, 1871, o sea la denuncia testimonial, dramática, descarnada de crímenes monstruosos del gobierno colonial español en la Isla, escrita en primera persona por quién las había vivido y sufrido en carne propia.  Sus estilos literarios son tan parecidos que se puede decir que fue Valdés-Domínguez el primer escritor influido decisiva y permanentemente por la vigorosa prosa martiana.

Con el título Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina firmado con el pseudónimo de “por uno de ellos condenado a seis años de presidio” se edita el libro en Madrid, Imprenta de Segundo Martínez, 1873, epilogado con el largo poema épico-elegiaco de Martí “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, publicado por primera vez el año anterior.  Los iniciales trece versos de este poema serían recitados setenta y un año después (16 de octubre de 1953), por nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en uno de los momentos más dramáticos de su histórica defensa “La historia me absolverá”, en el juicio por los sucesos del asalto al Cuartel Moncada.

Tan rápidamente se agotó la edición, que cuatro meses después se publicaba la segunda bajo igual pseudónimo.  De estas dos primeras ediciones escribiría su propio autor que “fueron recibidas por la prensa española y merecieron elogios y alguna oculta y traicionera censura”.(4)

Ampliada años más tarde y con el título El 27 de Noviembre de 1871 se publicaron en La Habana dos ediciones, Imprenta “La Correspondencia de Cuba”, 1887 y en 1890 en Santiago de Cuba, el periodista y patriota Eduardo Yero Buduen, primer Secretario de Instrucción Pública en el gobierno de don Tomás Estrada Palma, lo editó por quinta vez en su periódico El Triunfo, Imprenta de Juan E. Ravelo.

Dos nuevas ediciones vieron la luz en La Habana después de finalizada la dominación española en Cuba, en 1909, Imprenta de Rambla y Bouza y en 1942, Editorial Lex, reedición de la primera de 1873.  Después del triunfo revolucionario la Universidad de La Habana publicó en 1969 una octava edición reproducción de la quinta de 1890, con prólogo del Dr. Fernando Portuondo del Prado y notas del Dr. Luis F. Le Roy y Galves.  En todas las ediciones ha aparecido el poema de Martí.

Si bien es evidente la influencia del Maestro sobre Valdés-Domínguez no quisiera tampoco dejar de anotar lo que la cercanía de este último pudo determinar en la cultura científica del Apóstol de nuestra independencia.  Desde junio de 1872, en que Valdés-Domínguez llegó a Madrid, hasta finales de 1874, en que ya graduado Martí de bachiller en artes y licenciado en derecho civil y canónico y filosofía y letras se marcha a México, después de un corto viaje por Francia costeado por Valdés-Domínguez, vivieron juntos durante dos y medios años.

En ese tiempo Martí aprobó todas las asignaturas de las dos carreras universitarias y las que le faltaban por aprobar del bachillerato, entre las que estaban:  lógica, Psicología, historia natural, anatomía, fisiología e higiene, únicas de ciencias que debía estudiar (5).  Valdés-Domínguez en ese mismo período cursó y aprobó:  anatomía, disección anatómica, fisiología, higiene pública y privada, anatomía quirúrgica, patología general, terapéutica, obstetricia, patología médica, patología quirúrgica, clínica de obstetricia, clínicas médica y quirúrgica primeros cursos y medicina legal y toxicología.(6)

Es bien sabido, igualmente, el interés de Valdés-Domínguez por los estudios antropológicos, que le hizo figurar, pocos años después al llegar a Cuba, como miembro titular en la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, fundada por el médico cubano Dr. Luis Montané y Dardé y por las ciencias naturales en general que lo convirtieron durante su lar5hga estancia como médico en Baracoa, en colaborador del sabio naturalista Dr. Carlos de la Torre y Huerta, en sus expediciones científicas por aquella zona. 

Es muy probable que la curiosidad insaciable de Martí y sus propias dolencias físicas lo llevaran a ponerse en contacto con las obras por las que Valdés-Domínguez estudiaba, las que le abrieron el camino a lecturas individuales posteriores y esto es tan posible que quizás explique, en parte, los conocimientos enciclopédicos con los que Martí asombrara, por su corta edad, a los que le escuchaban y leían en México y Guatemala y que en su famosa polémica sobre “Materialismo y Espiritualismo”, en México, afirmara haber leído libros de anatomía comparada.(7) 

En su estancia en Madrid hizo también amistad Martí con otros dos estudiantes de medicina sobre los que logró influir, aunque de manera distinta, uno José Francisco Solano Ramos Delgado, padre y otro Juan Santos Fernández y Hernández. 

La casa de Solano Ramos, que vivía a pocos metros de Martí, fue para éste otro hogar, allí se reunían estudiantes cubanos “para leer los periódicos filibusteros de New York, hablar de la patria y de su mañana libre (8).  Ayudó a Martí económicamente en Madrid y le sirvió de fiador al matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad en 1872.  Hasta su muerte ocurrida el 28 de agosto de 1899, cuando acababa de ser nombrado profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, al final de la guerra, fue fiel al ideario independentista, que abrazó junto al Maestro en España.  Con estas palabras lo calificó el Apóstol:  “Uno de los hombres más dedicados y meritorios de Cuba el médico y hermano mío, Francisco Solano Ramos”.(9) 

Juan Santos Fernández, quien llegó a ser una de las figuras más importantes de la medicina cubana, oftalmólogo de renombre internacional, cuya bibliografía activa, que pasa de los mil títulos, conoció a Martí en sus días de estudiantes en Madrid y a pesar de sus ideas conservadoras e integristas sintió por el Maestro una admiración y cariño que no lograron disminuir ni el tiempo ni la separación. 

Cuando Martí estuvo en La Habana secretamente (usó en el pasaporte su segundo nombre y segundo apellido) de enero a febrero de 1877, visitó en dos ocasiones a Santos Fernández en su consulta de Neptuno 62,  Por su “Libro de anotaciones de la consulta”, que rigurosamente llevaba el eminente oftalmólogo, se sabe que el 27 de enero le diagnosticó “conjuntivitis catarral crónica en ambos ojos y flictena conjuntival en el derecho” y le prescribió tratamiento.  Cuatro días antes de partir de Cuba el revolucionario, lo visitó por última vez el 20 de febrero y el médico le recetó duchas oculares y le ordenó cristales convexos No. 24 como lentes, sin embargo parece que no llegó a usarlos nunca, pues ninguno de sus contemporáneos lo recordó con espejuelos.(10) 

Después de estas visitas fue siempre el médico de su familia, principalmente de su madre, a quien operó de cataratas en ambos ojos.  Precisamente para agradecerle que la operara por primera vez le escribió Martí a Santos Fernández una carta que es una verdadera joya del género epistolar, por su brevedad, belleza y emotividad, sin que le falte un profundo contenido político: 

Amigo mío: 

Gozo en agradecer y saber que el viaje por el mundo no ha logrado sacar la piedad de tu corazón.  Sé lo que haces por mi madre y lo que vas a hacer.  Trátamela bien, que ya ves que no tiene hijo.  El que le dio la naturaleza está empleando los últimos años de su vida en ver como salva a la madre mayor.

Tú no necesitas de mis palabras.  Tú sabes quien es, y con que ternura te quiere, y recuerda tus bondades, tu amigo,

                                                                                

                                                                           José Martí.(11)

 

  

Santos Fernández no escondió nunca sus simpatías personales por Martí ni aun durante la guerra, pero continuó militando en el Partido Liberal Autonomista y ocupó un escaño en la Cámara de Diputados durante el gobierno autonomista del licenciado José María Galvez Alfonso en 1898.

 

 

MARTI Y LA REVOLUCION DE LOS MEDICOS

 

Durante los preparativos de la guerra independentista de 1895 Martí se entrevistó en Cayo Hueso a fines de 1893 con el Dr. Martín L. Marrero Rodríguez, médico radicado en Jagüey Grande, provincia de Matanzas, donde era jefe del movimiento revolucionario y le aseguró:  “Los médicos son los más apropiados, y por lo tanto, serán los mejores delegados.  Sus pasos en ninguna hora, ni en ninguna parte llaman la atención:  siempre son bien recibidos.  Todos le deben algo:  unos la vida, otros dinero.  El médico es quien mejor conoce los secretos de todos:  por eso, esta será la revolución de los médicos”.(12) 

El Dr. Martín Marrero al frente de sus compañeros en Jagüey Grande se alzó en armas, siguiendo las órdenes de Martí, el propio 24 de febrero de 1895 y terminó la guerra con el grado de coronel.  Hombre de limpia vida, en la paz fue fundador y primer jefe de la Sanidad Militar del Ejército Nacional con el mismo grado de coronel. 

Que lo dicho por el Maestro al médico revolucionario no fue una frase halagadora y sí toda una estrategia que venía desarrollando, lo asevera el hecho de que al enviar a Cuba en agosto de 1892 al comandante de la Guerra de los Diez Años Gerardo Castellanos Lleonart como Comisionado Especial del Partido Revolucionario Cubano a entrevistarse a través de toda la Isla con las personas más significativas como posibles futuros jefes de la Revolución y preparar el alzamiento en armas en todo el país, lo hizo el comandante mambí con los siguientes médicos: (13)  en La Habana, con el estudiante de medicina Raimundo Sánchez Valdivia, hermano del heroico mayor general Serafín Sánchez. 

En Matanzas con el Dr. Martín Marrero Rodríguez.  En Cárdenas con el Dr. Daniel Gutiérrez Quirós, capitán en la Guerra de los Diez Años e hijo del famoso constituyente de Guáimaro y diputado a la Cámara de Representantes Miguel Jerónimo Gutiérrez y con el Dr. Dionisio Sáez Medina. 

En Santo Domingo con el Dr. Ricardo Pocurull y Oña, muerto después en la  guerra y con el Dr., Piña.  En Santa Isabel de las Lajas con el ilustre higienista Dr. Enrique B. Barnet y Roque de Escobar y con el más tarde coronel Dr. Agustín Cruz González.  En Sancti Spíritus con el culto Dr. Sebastián Cuervo Serrano, comandante y médico del generalísimo Máximo Gómez. 

En Camagüey con el Dr.  Emilio Lorenzo-Luaces e Iraola, hermano del médico héroe y mártir de la Guerra de los Diez Años coronel Dr. Antonio Lorenzo-Luaces e Iraola, de quien dijera Ignacio Agramonte, tan parco en elogios, estas cuatro palabras “valor a toda prueba”. 

En Manzanillo con el Dr. Federico Incháustegui y Cabrera, coronel del 68 y en Baracoa con el Dr. Fermín Valdés-Domínguez. Para entrevistarse con este último, ampliamente conocido como separatista por las autoridades españolas, al llegar a la ciudad primada de Cuba se fingió enfermo y pidió en el hotel en que se hospedaba le dijeran los nombres de los médicos de la villa y como al azar señaló que llamaran al Dr. Valdés Domínguez. 

De sus entrevistas con el comandante Castellanos dejó nota en sus extensas memorias el médico revolucionario.  Esos importantes apuntes autobiográficos del Dr. Valdés-Domínguez fueron después de su muerte donados por su viuda al eminente cirujano e historiador Dr. Benigno Souza Rodríguez y en parte publicados por la Universidad de La Habana con el título de Diario de Soldado, en cuatro volúmenes.  La Habana, 1972-1974.  Valdés-Domínguez era tan activo conspirador en Baracoa que no desaprovechaba ninguna ocasión para sus tareas revolucionarias.  En una de las oportunidades en que lo visitara en sus expediciones científicas, de las que era eficiente colaborador, el sabio malacólogo don Carlos de la Torre y Huerta, también médico y activo revolucionario, para no despertar sospechas a las autoridades españolas visitaron, en unión del también médico Dr. Michelena, al conocido integrista español de la localidad señor Espadero.  Por no estar éste presente, fueron muy cortésmente atendidos por su hija, la cual al ver que el sabio llevaba una gorra de marinero parecida a la que usaban los miembros de la marina de guerra española le preguntó si era médico de la Armada, a lo que contestó don Carlos de la Torre, con impertinente humorismo:  “No, señorita, soy médico de la que se va a armar”.(14)

 

Recién graduado de Dr. en medicina Juan Antiga y Escobar (septiembre 14 de 1893), con el mejor expediente de todas las universidades del reino de España, comenzó a trabajar como médico de la Compañía Trasatlántica Española que hacía viajes entre el puerto de La Habana y los de  Veracruz y New York, en el vapor “Ciudad Condal”.  En uno de sus primeros viajes a la ciudad norteamericana fue convencido personalmente por Martí, en el muelle de la Compañía, para que laborase como enlace entre él y los revolucionarios de La Habana (15).  Así el médico recibía documentos en New York que debía entregar en el propio muelle de la capital cubana y viceversa.  En La Habana entre las personas que con mucha discreción lo esperaban estaba el Dr. Esteban Borrero Echevarría, comandante de la Guerra Grande, en la que también había sido alfabetizador, famoso poeta, médico, educador y uno de los fundadores de la Escuela de Pedagogía en la Universidad de La Habana, como profesor de Psicología Pedagógica, Historia de la Pedagogía e Higiene Escolar en 1900. 

En una ocasión en que no estaban esperándolo a su llegada en el muelle de New York, Antigua fue a llevar los documentos que portaba a Martí en su oficina de la calle Front y muchos años después publicó en el retrograbado del Diario de la Marina (octubre 22 de 1927) su entrevista con el Maestro en ese lugar y aseguró haber visto colgados de las paredes cuadros de hombres célebres, entre los que recordaba a Darwin, Bolívar y Marx.  Sobre dicho artículo se han suscitado muchas dudas en épocas anterior y posterior al triunfo de nuestra Revolución Socialista sobre si hubo confusión en la identificación de Marx por parte de Antiga (16).  Los que así piensan no han tenido, quizás, en cuenta que en el año en que escribió y apareció el artículo no debió haber tenido ninguna duda el autor de lo que vió, algo más de treinta años antes, pues ya era poseedor de una cultura enciclopédica reconocida por todos, se había graduado además de Dr. en derecho civil y Dr. en derecho público en la Universidad de La Habana, no tenía intención de hacer propaganda pues nunca fue comunista, aunque sí hombre de ideas progresistas que perteneció al Grupo Minorista y había viajado por medio mundo. 

Otro ejemplo, entre muchos, del interés de Martí de atraer médicos para la causa independentista cubana lo fue el del célebre higienista, patólogo y profesor cubano de renombre internacional Dr. Juan Guiteras Gener. 

La familia Guiteras, de Matanzas, se había visto obligada a emigrar a los Estados Unidos por sus ideas y actividades separatistas a inicios de la Guerra de los Diez Años.  Formaban parte de ella tres de los más eminentes pedagogos cubanos del siglo XIX:  Eusebio, Antonio (abuelo del revolucionario antiimperialista Antonio Guiteras Homes) y Pedro José Guiteras Font, este último, además, eminente historiador. 

El Dr. Juan Guiteras, hijo de Eusebio, terminó sus estudios de medicina en Filadelfia, como también sus primos Daniel Guiteras Gener y Ramón Guiteras Wardwell y llegó a convertirse en una de las figuras más importantes de la medicina norteamericana de su época como epidemiólogo del Marine Hospital Service y profesor de semiología de las universidades de Charleston y Pensylvania.  Durante el período de “la tregua fecunda” había trabajado junto a sus compatriotas de ideas separatistas, pero profundas divergencias surgidas y agrias polémicas vividas, lo habían llevado al falso convencimiento de la incapacidad de los cubanos para el gobierno propio y a pensar en una unión política de su patria con el país en que se había formado científicamente y al que admiraba y quería con sinceridad. (17) 

Martí comprendió la importancia de atraer a su causa a hombre de tantos méritos y no escatimó esfuerzos en estrechar las relaciones con él.  Con motivo del Congreso Panamericano de Medicina que se celebró en Washington durante el mes de septiembre de 1893 escribió en Patria: 

Y otro honor para los cubanos es que una de las autoridades prominentes del Congreso, y el alma de él, acaso, sea Juan Guiteras, uno de los tres médicos que en los Estados Unidos ilustran este nombre criollo. 

Los guiteras son hombres de veras. A los padres no lo olvidaremos los cubanos que en ellos aprendimos a leer, en su traducción de la Eneida.  De los tres hijos, uno Juan, es primero en Washington, y persona mayor en la medicina del ejército; otro Daniel, es médico favorecido de la Armada, y muy buscado pos su discreción y cultura; Ramón, el otro, tiene pocos pares entre los médicos enérgicos y elegantes de Nueva York. (18)  

Delgados de Martí lo visitan: Gonzalo de Quesada Aróstegui, Rafael Portuondo Tamayo y Emilio Núñez Rodríguez. El médico Joaquín castillo Duany, después general de brigada y jefe de la Sanidad Militar mambisa, le escribe palabras tan duras como éstas: “Acuérdate antes que todo eres cubano y que no tienes el derecho de negar tu auxilio a tu patria”.  Pero fue el propio Martí quién produjo definitivamente su decisión.  En un ejemplar de su libro “Versos Sencillos” que le envía en 1894. le escribe como dedicatoria los siguientes versos:

 

Del portal, al sol abierto

sale el bribón de alma helada,

como una bestia azorada,

como un crimen descubierto.

Esta fatídica gente

Que vive de amar y odiar,

¡oh!, no; no puede mirar

la mañana frente a frente. (19)

 

La intención de estos versos no pudo escapar a la inteligencia de Guiteras.  El no era de los bribones de alma helada, que pregonaba el anexionismo como un crimen descubierto, ni de la fatídica gente que vivía de mar y odiar.  El demostró con su actuación futura, que podía mirar la mañana frente a frente. 

Volvió al grupo de los cubanos separatistas, organizó sociedades revolucionarias, participó en mítines, realizó gestiones oficiales ante altos funcionarios del gobierno americano, su correspondencia es abundantísima con la Delegación del Partido Revolucionario Cubano, fungió como asesor del jefe de expediciones, su gran amigo el estomatólogo y general de división Emilio Núñez Rodríguez y desembarcó como médico militar con las tropas norteamericanas intervensionistas. 

En la paz renunció a todos sus cargos en Estados Unidos para regresar definitivamente a su patria como uno de los fundadores de la organización sanitaria cubana y profesor de Patología General y Patología de las Afecciones Intertropicales de la Universidad de la Habana.  En plena república mediatizada se opuso dignamente desde sus altos puestos sanitarios de la injerencia imperialista en Cuba y murió convertido en un símbolo de la dignidad médica y nacional el 28 de octubre de 1925, fiel hasta las últimas consecuencias al ideario martiano que había abrazado 30 años antes. 

Cuando Martí comenzaba los preparativos para la guerra conoció al doctor Ramón L. Miranda y Torres, suegro de su discípulo predilecto Gonzalo de Quesada y Aróstegui.  El propio médico dejó escrito como fue su encuentro: 

En esa época, me mandó a buscar por estar enfermo y me dirigí a su casa al oeste de la calle 61, cerca de la Avenida de Colombus; lo encontré en su modesto y estrecho cuarto, postrado en cama, febril, nervioso; examinado, diagnostiqué bronquitis y que en breve se curaría; mél se había alarmado creyendo que su enfermedad pudiera agravarse y me dijo: “doctor, cúreme pronto, tengo una misión sagrada que cumplir con mi patria; poco me importa morir después de realizarla; la muerte para mí no es más que la cariñosa hermana de la vida”. (20)  

Desde aquel momento se convirtió, hasta la partida del Maestro para Cuba, en su médico y colaborador más asiduo en las tareas revolucionarias.  Cuando el fracaso de “la Fernandina” estuvo en todo momento junto a Martí apoyando sus decisiones y ha dejado escrito el comandante Luis Rodolfo Miranda de la Rúa, sobrino del doctor Miranda, que la esposa de éste, la señora Luciana Govín, puso en manos de martí su libreta de cheques y le rogó que escribiera la cantidad que creyera necesaria y el médico le entregó además de varios miles de pesos que era todo en cuanto poseía. (21) 

Al comandante Miranda se debe también el testimonio de cómo surgió el calificativo de Apóstol a Martí.  En su trabajo “Oración martiana2 escribió: 

(...) como los recuerdos de la juventud son los que más se tiene presentes en el decursar de la vida, aún me parece ver en la biblioteca del doctor Ramón L. Miranda en New York, después del fracaso de “La Fernandina”, a su hijo político Gonzalo de Quesada, los generales Mayía Rodríguez, Serafín Sánchez; Enrique Collazo y si mal no recuerdo a nuestro admirado y querido Enrique Loynaz del Castillo, quienes acababan de sostener una prolongada entrevista con Martí; y Gonzalo de Quesada, su discípulo predilecto exclamó lleno de entusiasmo: “ su labor es apostólica” y entonces el doctor Miranda agregó: “en realidad es un verdadero apóstol” a lo que asentimos todos.  (22) 

Divulgado más tarde por Gonzalo de Quesada en discursos políticos, el calificativo se ha mantenido hasta el presente. 

Otro hecho digno de tomarse en cuenta es que la Escuela Práctica de Medicina de la Habana, fundada el 29 de diciembre de 1893 por el doctor José Pereda Gálvez, donde se enseñaban las mismas materias que en la Universidad pero obedeciendo a un plan más práctico y económico y cuyo claustro de profesores lo integraban solamente médicos cubanos jóvenes con estudios en Europa, principalmente, tuvo que cerrar sus puertas en enero de 1896, pues casi toda la totalidad de su profesorado se fue a la guerra, como los doctores Eusebio Hernández Pérez y Rafael Cowley Odero, o fueron a la emigración como José Pereda Gálvez, José Varela Zequeira, Julio San Martín Carriere, o se convirtieron en activos conspiradores como Emilio Martínez Martínez, Juan B. Fuentes Fernández, Joaquín L. Dueñas Pinto, Cándido Hoyos Huguet y Carlos E. Finlay Shine. 

La muerte de martí en combate, el 19 de mayo de 1895, le impidió comprobar lo acertado de sus palabras al dostor Martín Marrero, sobre la confianza que tenía en la importancia del aporte de los médicos cubanos a la causa independentista. 

Catorce de ello encontraron la muerte en las filas del Ejército Libertador: Federico Incháustegui Cabrera, Oscar Primelles y Cisneros, Juan Bruno Zayas Alfonso, Miguel Bacallao Amill, Rafel Cowley y Odero, único docente universitario muerto en la guerra ( era profesor supernumerario de Terapéutica, Materia Médica y Arte de Recetar), Francisco Hernández y Hernández-Ramos, Ricardo Pocurrull y Oña, Luis Delgado y  Núñez, Carlos Soler y López, Herminio Ceulino y Madrazo, Estanislao Argudín y Núñez de Villavicencio, Joaquín Caneda Junco, Antonio López Pérez y Alfredo Virgilio Ledón y Anido. 

Llegaron once a los grados de general: mayor general Pedro Betancourt Dávalos y generales de brigada Federico Incháustegui y Cabrera, Joaquín Castillo Duany, Eugenio Sánchez Agramonte, estos tres últimos sucesivamente Jefes de la Sanidad Militar mambisa, Eugenio Molinet Amorós, Juan Bruno Zayas Alfonso, Eusebio Hernández Pérez, Manuel Alfonso Seijas, Porfirio Valiente del Monte, Hugo Robert Fernández y Daniel Gispert García y tres estudiantes de Medicina: general de división José Miró Argenter y generales de brigada Adolfo del Castillo Sánchez, muerto heroicamente en combate y Raimundo Sánchez Valdivia. 

Fueron constituyentes de Jimaguayú (1895) y de la Yaya (1897): Raimundo Sánchez Valdivia, Santiago García Cañizares, Fermín Valdés-Domínguez Quintanó, Manuel R. Silva Zayas, Nicolás Alberdi Golzari, Manuel Alfonso Seijas, Eusebio Hernández Pérez y Lucas Alvarez Cerice. 

Miembros del Consejo de Gobierno de la República en Armas (1895-1898): Fermín Valdés-Domínguez Quintanó, Santiago García Cañizares, Eusebio Hernández Pérez, Manuel R. Silva Zayas y Nicolás Alberdi Golzari. 

Miembros de la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador (1898): Hipólito Galano Coutín, Porfirio Valiente del Monte, José Nicolás Ferrer Mena, Diego Tamayo Figueredo, Julián Betancourt Sánchez, Enrique Núñez de Villavicencio y Palomino, Alberto Schweyer Lamar, Eusebio Hernández Pérez, Francisco Díaz Vivó, Hugo Robert Fernández, Modesto Gómez Rubio, Manuel R. Silva Zayas, Eugenio Sánchez Agramonte y Esteban Borrero Echevarría. 

Con los pocos recursos que contaron siempre, dos jóvenes profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de la Habana hicieron verdaderas proezas en la cirugía de campaña, que hoy despiertan la mayor admiración en los estudiosos de la historia médica militar cubana; los coroneles Francisco Domínguez Roldán y Enrique Núñez de Villavicencio y Palomino y en la Isla, el Maestro de la cirugía cubana, el también profesor universitario Raimundo G. Menocal y G. Menocal. 

El propio Martí que vivió en su etapa universitaria española tan estrechamente unido a estudiantes de medicina y que logró adquirir conocimientos teóricos en algunas de sus ramas, en los pocos días que estuvo en campaña se desdobló en funciones de médico obligado por la necesidad y el historiador doctor Néstor Carbonell Rivero ha hilvanado con las propias palabras de Martí un relato conmovedor de su actividad como tal en campaña: 

Y cuando dieron la orden de descansar y se tendieron las hamacas, yo, primero que a dormir o reposar, hurgué en mi jolongo y saqué de él medicina. A uno, que del jugo de tabaco, de apretar tanto el cabo en la boca, se le habían desprendido los dientes, le dí  a beber un sorbo de Marrasquino.  Y cuando llegó el agua fresca, con Paquito Borrero, de tierna ayuda, me puse a curar de un soldado la herida narigona.  La bala le había entrado en el pecho y salido por la espalda. En una de las bocas, la de entrada le cabía un dedal; en la otra salida, una avellana.  Se la lavé y le apliqué yodoformo y algodón fenicado.  Habilidades de médico me habían salido, y por piedad y por casualidad se me habían juntado al bagaje más medicinas que ropa –y no para mí por cierto, pues nunca me sentí tan sano, sino para los demás.  Y en las curas tuve algunos aciertos por lo que gané un poco de reputación, sin más que llevar conmigo el milagro del yodo, y el cariño, que es otro milagro, el que aplicara con mucho, y con rienda reserva, no fuera a parecer lo humanitario vergonzosa adulación, aunque no era rara la claridad del alma, y como finura en el sentir, que embellecía por entre palabras y disputas y fritos y guisos aquella vida del campamento. (23)     

Al final de su existencia, en las últimas páginas de su extraordinaria obra escrita, nos dejaba a todos los médicos una máxima recomendación: curar con el milagro del yodo, que quiere decir con la mejor medicina y con el cariño, la más alta expresión de la sensibilidad humana.

 

  

 

 

BIBLIOGRAFIA

  

1.    Roig de Leuchsenring, E.:  Martí en España.  Imp. “El Siglo XX”, La Habana, 1938, pp.  113-127. 

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3.    Martí Pérez, J.:  Discurso en conmemoración del 27 de noviembre de 1871.  En:  Obras Completas, La Habana, 1963, Tomo 4, p.  285. 

4.    Vadés-Domínguez, F.:  El 27 de noviembre de 1871.  8° Ed. Univ. de La Habana, La Habana, 1969, p.  8. 

5.    Navarrete Sierra, A.:  Martí, estudiante universitario.  Univ. de La Habana, La Habana, 1953. 

6.    Universidad de La Habana:  Archivo Histórico.  Exped.  Est. Ant.  14143.  Comunicación al Dr. Luis F. Le Roy, Madrid 7 de nov. de  1969, que contiene extractado el exped. de est. de Valdés-Domínguez en las Universidades de Madrid, Zaragoza y Valladolid. 

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8.    Teuma Teuma, E.:  Fermín Valdés-Domínguez.  Conferencia pronunciada en el Ateneo de La Habana, Enero 22 de 1922, Copia mecanografiada. 

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10.                   Moreno Plá, E. H.:  Martí y el Dr.  Santos Fernández.  Patria 31(6):  1-2, La Habana, junio de 1975. 

11.                   Rodríguez Expósito, C.:  Médicos en la vida de Martí.  Cuad Hist Sanitaria No. 8, La Habana, 1955, pp.  47-48. 

12.                   Obra citada en 7, p.  70. 

13.                   Castellanos García, G.:  Misión a Cuba.  Imp. “Alfa”, La Habana, 1944. 

14.                   Álvarez Conde, J.:  Don Carlos:  Vida de un naturalista.  Ed. Lex.  La Habana, 1958, p.  157. 

15.                   Antigua Escobar, J.:  Cómo conocí a  José Martí.  Patria 38(6):  1-2, La Habana, junio de 1982. 

16.                   Aparicio, R.:  Retratos en el despacho.  El Caimán Barbudo, 2da. Época, enero de 1973, pp.  16-20. 

17.                   Delgado García, G.:  La obra científica y patriótica del Dr. Juan Guiteras Gener.  Acad Cien Cuba, La Habana, 1979, 31 p. 

18.                   Obra citada en (11), p.  30. 

19.                   Martí Pérez, J.:  Obras Completas.  Ed. Nacional de Cuba, La Habana, 1964, Tomo 17, p.  224. 

20.                   Rodríguez Expósito, C.:  Dr. Ramón L. Miranda.  Médico de Martí.  Cuad Hist Sal Pública, La Habana, 1963, p.  31. 

21.                   Miranda, L. R.:  “Recuerdos de Martí”. En:  Reminiscencias cubanas por Luis Rodolfo Miranda.  Imp. P. Fernández y Cía, La Habana, 1941, pp.  91-92. 

22.                   Miranda, L. R.:  Oración Martiana.  Imp. P. Fernández y Cía.  La Habana, 1951, p.  12. 

23.                   Carbonell Rivero, N.:  Martí.  Carne y espíritu,  Imp.  Seoane, Fernández y Cía.  La Habana, 1952, Tomo 2, pp.  374-375.