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Salud y sociedad en la historia de un leprosorio:el caso del Rincón. |
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| INTRODUCCIÓN
Historia de Lázaro en la parábola de Cristo La imagen de San Lázaro asociada a la enfermedad Construcción del Hospital San Lázaro Edificación del nuevo hospital Traslado del hospital al Rincón Medicamentos utilizados contra la lepra
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Instituto Superior de Ciencias Médicas Facultad Dr Salvador Allende
Tutora: Lic. Ana María Gelpi Leyva.
INTEGRANTES: Judith Prada Maibel Freeman Giral Naila Diaz Libia Sanchez Carlos A.Espinosa Fariñas
Este trabajo ha sido realizado como parte de los estudios de la asignatura de Historia por un grupo de 5 estudiantes de segundo año de la Facultad Salvador Allende del Instituto Superior de Ciencias Médicas. El resultado del trabajo ha sido, debates e intercambios colectivos entre nosotros. No quisimos limitarnos a la lectura de bibliografía sobre el tema sino que nos sentimos impulsados a realizar entrevistas y observar el lugar y las personas objeto de nuestro estudio, queríamos tener, compartir una vivencia, no solo hacer un trabajo de clase, mucho más porque la historia del lugar escogido vinculaba, y así ha sido históricamente desde tiempos remotos: enfermedad, religión, condiciones socio-políticas y condiciones socio-económicas. De una forma nueva y sorprendente, se nos presentaba la posibilidad de estudiar y vivenciar la relación entre salud y sociedad, ahora interrelacionados con el tema de las creencias religiosas y lo que resultaba más atractivo para nosotros, como se había presentado históricamente esa relación en nuestro país y con el leprosorio de la Habana.
General :
Historia de Lázaro en la parábola de Cristo Había
un hombre rico que se vestía con ropa fina y elegante y que todos los días
ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro,
que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico.
Este pobre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico;
y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un
día el pobre murió y los ángeles lo llevaron a sentarse a comer al lado
de Abraham. El rico también murió y fue enterrado. Mientras
el rico sufría en el lugar a donde van los muertos, levantó los ojos y vio
a Abraham y a Lázaro sentado a su lado. Entonces gritó: -
¡Padre Abraham, ten lástima
de mí! Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a
refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho de este fuego. Pero
Abraham le contestó: -
Hijo, acuérdate de que en vida tú recibiste tu parte de bienes y Lázaro
su parte de males. Ahora el recibe consuelo aquí, y tu sufres. Aparte de
esto, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes, de modo que los que
quieren pasar de aquí para allá tampoco pueden pasar para aquí. El
rico dijo: -
Te suplico entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a la casa de
mi padre, donde tengo cinco hermanos, para que les llames la atención, y así
no vengan ellos también a este lugar de tormento. Abraham
contestó: -
Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas.¡ Que le hagan
caso! El
rico argumentó: -
Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece,
ellos se convertirán. Y
Abraham le respondió: - Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite.
Víspera
del 17 de diciembre, fecha de su celebración, decenas de miles de cubanos
procedentes de todas las regiones de la isla se dirigen hacia la localidad
del Rincón, ubicada al oeste
de La Habana en el poblado de Santiago de las Vegas. Centro
de famosas peregrinaciones, encuentro obligado de católicos y santeros,
asiento de una cultura centenaria, eso es el Rincón, pero sobre todo;
sencillo hogar que guarda en su pequeña iglesia la imagen de San Lázaro. Testigo
de emotivos sucesos que enriquecen nuestra historia nacional, Rincón está
ubicado a unos 17 kilómetros de La Habana, al suroeste de Santiago de las
Vegas, justamente donde la carretera que conduce hacia el sur de la
provincia se bifurca en dirección a Bejucal, San Antonio de los Baños y el
Wajay. ¿Por
qué el nombre de Rincón? Existen
tres afirmaciones que son las de mayor aceptación: 1-
El nombre surgió en la segunda mitad del siglo 16, cuando se entregaron las
primeras mercedes de tierra en la jurisdicción occidental, quedando este
sitio dentro del corral de Sacalohondo (Wajay), otorgado a Martín Recio
Oquendo, en 1575. Era el más alejado y distante del centro del poblado, muy
cercano al límite con los corrales de Bejucal y Govea, quedando situado en
una esquina o rincón que hacía el terreno. 2-
La ubicación del lugar se sitúa donde antiguamente el camino hacia Batabanó
describía una curva o vuelta con rumbo noreste, que aún existe. Este
accidente vial sirvió como punto de partida para que los viajeros lo fueran
identificando como la ¨ Vuelta del Rincón. En el padrón levantado por el
gobierno colonial, en 1766, ya aparece con tal denominación, indicio de que
desde esta fecha o tal vez desde antes ya se llamaba así. Asimismo, aparece
en Real Célula del 26 de agosto de 1745, en la que el rey Fernando VI
autoriza la fundación de Santiago de Compostela de las Vegas, según los
censos de población realizados en 1766 y en 1827. 3-
La tercera hipótesis viene dada por la construcción del primer ferrocarril
cubano, en 1837, y con ello el cruce de las líneas por terrenos en los que
proliferó la siembra de calabazas, y por la enorme cantidad de esa planta
en las inmediaciones del lugar recibió el apelativo de ¨ Rincón de las
Calabazas¨, denominación que se extendió
entre los trabajadores ferroviarios y los viajeros. Rodeadas
de hermosas lagunas que bañan su suelo, La Luisa, Laguna Limpia y Laguna
Cuba, las tierras del Rincón fueron empleadas, a fines de los siglos XVII y
XVIII, para cultivar grandes cantidades de tabaco, sembradas por una población
predominantemente de origen canario. Se
considera la primera localidad cubana surgida de los caminos de hierro. Se
halla ubicado dentro del municipio Boyeros, en la provincia Ciudad de La
Habana, y en el viven actualmente más de tres mil habitantes. Entre sus
rasgos culturales se destacan los criollos guateques campesinos, la fiesta
de La Calabaza y las guaracheras y cubanísimas charangas - provenientes del
cercano pueblo de Bejucal.
A
un costado de la iglesia de San Lázaro se halla la clínica que hospeda a
pacientes de lepra, motivo por el cual la institución es reconocida como la
casa - hospital que lleva el nombre del santo católico. Personas
de las más diversas etnias y condiciones sociales fomentaron con el paso
del tiempo lo que hoy se ha convertido en un centro de atención a enfermos
de la piel, bajo el nombre del insigne médico cubano Guillermo Fernández
Hernández Baquero.
La
lepra es una enfermedad tan
antigua como la humanidad misma. Derivada de la palabra griega escamas,
los científicos de la antigüedad la describían de diferentes formas y
con una gran diversidad de denominaciones. Los
papiros egipcios, los libros sagrados de la India y los tratados de medicina
de hebreos y asiáticos dejaron constancia de la misma y de las penas que
causaba a sus víctimas, tanto clínica como socialmente. Por
el siglo 2 de nuestra era los hombres de ciencias comenzaron a investigar
sus manifestaciones y efectos, haciendo una descripción característica
como la realizada por el médico griego Areteo de Capadocia: (...)
tubérculos lustrosos y de diferentes tamaños, de color rojo oscuro y lívidos,
que se pueden encontrar en la cara, orejas o extremidades. La
piel puede estar arrugada o lustrosa con disminución o pérdida de la
sensibilidad; caída de todos los pelos del cuerpo excepto el de la cabeza;
los labios se vuelven turgentes; el pabellón de la oreja se agranda, sobre
todo los lóbulos, y se espesan y cubren de tubérculos; la piel de la
mejilla y de la frente se vuelve dura y se hincha para formar grandes y
prominentes rugosidades, sobre todo alrededor de los ojos, lo que provoca la
caída del pelo, de las cejas, barbas, pubis y axilas. La voz se torna ronca
y poco clara; la sensibilidad de las partes afectadas queda embotada o
suprimida, hasta el punto que un pinchazo no causa dolor al individuo (...)
La imagen de San Lázaro asociada a la enfermedad En
la Edad Media, las Cruzadas o Guerras Santas contra los infieles promovidas
por la iglesia Católica en el siglo 11, condujeron a miles de soldados
hacia el continente africano y hacia el Medio Oriente para conquistar las
llamadas tierras paganas. Enfermedades
mortales y contagiosas fueron contraídas por los expedicionarios, quienes
las propagaron a su regreso a Europa, no quedando un solo lugar que no
conociese de los estragos causados por dichos males, entre los cuales se
hallaba la terrible lepra. En
medio de las penurias de la guerra surgió una institución conocida como
Orden Hospitalaria, que en un principio se dedicó a la asistencia de los
soldados, pero al término de la contienda se convirtió en una orden de
caridad y ayuda a los pobres. La
lepra, que se multiplicó rápidamente, motivó que la orden comenzara a
dedicar mayor atención a los contagiados, siendo en Francia donde se
fundaron nuevos hospitales para su tratamiento. Dadas las características
infecciosas de la endemia y las consecuencias ocasionadas por el virus, los
pacientes se convirtieron en apestados, protagonistas de las más disímiles
e irracionales fantasías creadas por la imaginación popular. Bienes
y pertenencias les eran confiscados, discriminaban a sus hijos para evitar
que tuviesen contacto con el resto de la comunidad y se les prohibía
mantener relaciones matrimoniales. También se les privó del derecho de
herencia y en ocasiones eran condenados a morir sometidos a terribles
castigos. La mayoría fueron
alejados de las ciudades y obligados a vestirse con ropas de tela gruesa,
que les cubría todo el cuerpo y a usar símbolos representativos que
indicasen su condición de lazarinos. Las
leproserías o leprosorios surgieron de la necesidad de proteger a los
enfermos de la población, que realizó intensas persecuciones con el ánimo
de prohibir su entrada en las ciudades. Tanto era el miedo al contagio. La
lepra se consideraba un castigo o maldición
del cielo. Opinión que fue sostenida durante mucho tiempo por
cristianos, chinos, indios, persas, egipcios y judíos, que se culpaban unos
a otros de ser transmisores de la enfermedad. Tal
era el desprecio que existía por los leprosos que un texto del siglo XI los
califica de “basura viviente”. “Que
se oculte y viva en un lecho de estiércol con los perros sarnosos y los
animales inmundos ése cuyo cuerpo está lleno de pústulas, semejantes a las burbujas de aire infecto que surgen de los
pantanos y revientan en la superficie porque ofenden a la luz. Que se arroje
a pedradas de los pueblos y que se cubra de basura a él, basura
viviente”. En
algunos países se celebraba, durante la Edad Media, la llamada ceremonia
del separatio leprosorum, en la que se realizaba una misa al espíritu santo
y se declaraba civilmente muerto al enfermo. Posteriormente
le eran entregados los atributos que llevaría de por vida y lo identificaría
como portador de lepra: el hábito con capucha, el bastón para señalar en
los mercados el producto deseado y una campanilla para anunciar su
presencia. Atributos
que luego alcanzaron enorme significación en las características iconográficas
del santo, desde el punto de vista de la religiosidad popular, lo cual
tipificó la producción de exvotos cubana en torno a San Lázaro. El
enfermo tenía que vivir en las afueras de la ciudad hasta su muerte y
cuando formaba villa con otros dolientes generalmente construían una ermita
con un cementerio al lado. Las
condiciones de vida eran pésimas, carecían de asistencia médica y
sobrevivían en medio de vejámenes y agresiones, o bajo la amenaza de morir
quemado en la hoguera en la plaza pública. Es
por ello que en el año 1048, el Papa Dámaso II fundó la congregación de
San Lázaro de Jerusalén, con la idea de proteger y socorrer a estos
enfermos. Se
estableció entonces el Domingo de Lázaro, correspondiente al domingo
anterior al 17 de diciembre de cada año, y este día se dedicaba a la
lectura evangélica del pasaje bíblico de Lázaro, el hermano de Marta y
María. A
medida que la institución se conformaba, la figura del San Lázaro obispo,
ejecutado por defender y propagar las ideas del cristianismo, se consolidaba
como la insignia que la hermandad escogió para representar su labor; y así
colocaba en cada uno de sus hospitales la imagen del santificado discípulo
de Cristo. Con el
tiempo surgió toda una terminología de la dolencia asociada al santo, llamándosele
a la misma “mal de San Lázaro”; los dolientes eran conocidos como
“lazarinos”, los hospicios donde eran atendidos, “lazaretos u
hospitales de san Lázaro” y los miembros de la orden hospitalaria,
“lazaristas”. En
España se fundaron, a partir del año 1214, órdenes hospitalarias
atendidas por la iglesia católica bajo el mismo nombre de las que ya existían
en Francia e Italia. Fueron los hispanos quienes exaltaron y propagandizaron
la figura del viejo pobre y casi desnudo, con muletas y sin más compañía
que dos perros que lamen sus llagas. Su imagen fue resaltada en pinturas y
luego en estampas por dos motivos: incentivar la imaginación popular a
recordar las obras de misericordia para con el prójimo enfermo y
necesitado; y, como punto de partida para catequizar al pueblo a través del
viejo de las muletas nombrado por Jesús como Lázaro en la parábola del
Nuevo Testamento. Es
en la península ibérica donde los lazarinos, sea como parte de la curación
o por la situación pobreza en que se encontraban, utilizaron por primera
vez el saco de yute como hábito y de aquí surgió también, especialmente
en la región de Andalucía, la costumbre de hacer promesas al santo acompañadas
de exvotos y sacrificios personales de mortificación. De
esta provincia española partió —según se ha podido comprobar— la
tradición que, años más tarde, se integró a la cultura del colonizado
nuevo mundo como parte de las costumbres que acompañaron a los
colonizadores a su llegada al continente americano.
Probablemente
San Lázaro sea de los primeros santos católicos introducidos en territorio
americano, pues a la llegada de los conquistadores al golfo Campeche,
casualmente un Domingo de Lázaro nombraron a sus costas “Tierras de Lázaro”,
y llamaron también Lázaro al primer cacique que los recibió. Sin
embargo, transcurriría aún mucho tiempo antes de que el nombre del mártir
arribara a Cuba relacionado con una enfermedad tan antigua como la humanidad
misma. Con
la llegada de los esclavos africanos y luego con su masiva introducción en
la Isla desde 1517, para trabajar en plantaciones cañeras, cafetales y
minas, la lepra irrumpe a principios del siglo xvii.
En muchas de las embarcaciones y por las malas y brutales condiciones en que
fueron transportados desde África, los esclavos importaron enfermedades
hasta entonces desconocidas en Cuba, entre ellas la lepra, que al igual que
en la época de las Cruzadas volvió a hacer estragos en la población. Don Fernando Ortiz relata en sus escritos que muchos de ellos desembarcaron “portando grandes y pestilentes llagas, debido a sus vicios venéreos y leprosos”. Los
primeros enfermos de lepra o mal de Hansen, nombre del científico
descubridor del bacilo que produce el padecimiento, datan del 17 de enero de
1613,cuando el cabildo habanero deja constancia de noticias que llegan a la
ciudad anunciando “la entrada de cuatro a seis personas enfermas con el
mal de San Lázaro” y por este motivo solicitan su traslado para donde
hubiese hospitales. Dos
años después el número de enfermos aumenta y nuevamente se levantan actas
con las quejas de los vecinos, preocupados por el avance de la enfermedad.
Por lo que el 23 de agosto de 1629 se adoptaron las primeras medidas para
aislarlos. Treinta
y tres años después, en 1662, Ignacio de Urbaneja, devoto de San Lázaro,
solicitó la entrega de fondos que permitieran levantar casas para alojar a
los enfermos. A esta petición accedió el ayuntamiento, que autorizó que
se destinara un bohío situado en las afueras de la ciudad para albergar a
los que padecían la enfermedad, tarea que le fue encomendada al comisario
José Guillen. Este bohío,
ubicado en las caletas de Juan Guillé y que posteriormente se nombraron
caletas de San Lázaro, ocupaba los terrenos que actualmente corresponden al
área en que se encuentra el monumento al Mayor-General Antonio Maceo,
frente a la antigua Casa de Beneficencia, en donde hoy se halla el hospital
Clínico-Quirúrgico Hermanos Amejeiras.
En 1703 la estancia quedó destruida por el paso de un ciclón, que derribó las casas de guano y madera en las que vivían los enfermos, viéndose obligados a retomar a las caletas de Juan Guillen al quedar abandonado el lugar y ser reclamada la propiedad por los herederos del benefactor.
Construcción
del Hospital San Lázaro En las
caletas de Juan Guillen las condiciones continuaron siendo tan malas como al
principio; los enfermos pululaban por las calles de La Habana recogiendo
limosnas, lo que, unido a las protestas de los vecinos, llevó a las
autoridades a pensar seriamente en iniciar la edificación de un hospital
con condiciones de vida adecuadas. Es
así como, en 1708, se conceden terrenos de media caballería, ubicados en
la parte que hoy ocupa el Paseo del Malecón, desde el Castillo de la Punta
hasta La Chorrera, y parte de la barriada de Cayo Hueso, muy próximo a las
actuales calles de Animas y Soledad. La permanencia de enfermos recluidos en
esta estancia, cercana por demás a la zanja que surtía de agua a la
ciudad, motivó nuevas quejas de los vecinos, quienes exigieron fueran
removidos del área para evitar posibles infecciones. Muchos se vieron
obligados a volver a la ciudad pero, al serle prohibida la entrada, se
nombraron procuradores para que recogieran limosnas en nombre de los
enfermos, hasta que en 1712 se designaron dos personas para que se
encargaran de administrar la caridad. Una
de esas personas resultó ser el capellán Juan Pérez de Silva, quien residía
en las barracas junto a los enfermos, que encaminó todos sus esfuerzos en
hacer realidad la construcción de un establecimiento con condiciones
adecuadas para el cuidado y atención de los lazarinos. Por
este motivo se dirigió personalmente al rey español Felipe V, implorándole
ayuda para socorrer a los enfermos. El rey accedió a su petición y, en la
memorable fecha del 19 de junio de 1714, expidió la real cédula u orden
que obligaba al cabildo habanero a construir un hospital para los enfermos
de lepra y la donación de pensiones que permitieran costear y sostener el
edificio. En
un acápite final, la orden real autorizaba la celebración de fiestas en
homenaje al patrón de las enfermedades: Que se
llamen los cabos o capitanes de todos los Cabildos de los negros y se les
conceda licencia, y mande que echen plato por ocho días para san Lázaro
con modestia, sin alboroto ni borracheras, deshonestidades ni otras cosas ilícitas
que pueden intervenir, convidando cada uno a los de su Nación y Cabildo y
demás personas que quisieren para que ofrenden en dicho plato lo que cada
uno quisiere y tuviere voluntad, y que al fin de los ocho días, todo el
Cabildo de ellos lo lleve a ofrendar lo que hubiere recogido y lo ofrenden y
dediquen este día a trabajar de gracia lo que quisieren en la fábrica de
dicho hospital. Terminadas
las festividades en honor al santo se autorizaba a los enfermos a asistir a
la iglesia para colocar ofrendas o pagar promesas contraídas. Se
unían, cada vez más, festividad, culto y enfermedad a la imagen del santo,
que en ocasión de éstas y otras fiestas de carácter religioso fueron
permitidas por las autoridades coloniales. En
los terrenos comprendidos entre las calles O y 21, en la zona de El Vedado
—en donde se encuentra ubicado el Hotel Nacional de Cuba—, comenzó a
construirse en 1753 el nuevo Hospital San Lázaro, que fue bautizado como
hospital de Aguirre, por ser Thomas López de Aguirre el ejecutor principal
de la obra, diferenciándolo de este modo de los antiguos inmuebles
levantados en los terrenos de la caleta de Juan Guillén y la estancia de
don Pedro Alegre. Esta
nueva obra se diseñó en forma poligonal, con una iglesia en el centro para
que los pacientes escucharan misa y se les diera sepultura en su cementerio,
delineándose según modernas concepciones arquitectónicas. Aún
no se había concluido la construcción de la nueva leprosería cuando, en
1762, los ingleses atacaron La Habana. Siendo duramente castigadas por los
embates de la guerra, las antiguas y nuevas edificaciones quedaron
totalmente destruidas a excepción de la Ermita de San Lázaro, cuyos restos
aún quedan en pie como testimonio de aquellos sucesos. Durante
mucho tiempo estuvieron errantes los planes de fabricación del hospital,
pues se dejaron de percibir las donaciones y rentas destinadas a sufragar
los gastos de construcción, y los enfermos se vieron nuevamente
desamparados, pese a que participaron en la defensa de la ciudad. Esta
situación se prolongó hasta finales del siglo xvIII,
cuando el gobierno de don Luis de las Casas (1790-1796), partidario de
continuar el desarrollo económico, social y cultural de la Isla, decidió
retomar la labor reconstructiva del leprosorio, que finalmente se concluyó
en 1798 sobre la superficie de las caletas de Juan Guillen. Constancia
gráfica del emplazamiento dejó el escritor español Buenaventura Pascual
Ferrer, al señalar que: “(...) en todos los climas cálidos es común la
lepra y en La Habana se ven sus lastimosas consecuencias (...) A un cuarto
de legua de la población hay un hospital a donde obliga ir el gobierno a
todos los que padecen de este mal. Dicho hospital está situado a orillas
del mar con espaciosas habitaciones y bien bañadas de aire...” Esta
descripción muestra la discriminación a que eran sometidos los enfermos,
pese al mejoramiento de sus condiciones de vida. Posteriormente
se internaron también a pacientes de tuberculosis y enfermos mentales en
salas construidas en los terrenos aledaños. En
1854, las autoridades eclesiásticas cubanas decidieron encomendar a las
monjas de la orden religiosa Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl el
cuidado de los enfermos, siendo la española sor Petra Moya la primera
superiora nombrada por la Iglesia Católica al frente de la institución. La
orden, que arribó a América en 1847, fue fundada en el siglo xvi
con el propósito de consagrarse al cuidado de pobres, enfermos y ancianos.
Es por ello que, dado el amor que han prodigado durante años y por su
respetable labor asistencial y espiritual, las Hijas de la Caridad son
consideradas por muchos pacientes como madres. En
Cuba, esta hermandad ha entregado lo mejor de sí a través de religiosas
como sor Soledad, sor Cándida y la tan recordada por los más viejos
pacientes y médicos del hospital, sor Esperanza, cuya vocación llenó páginas
enteras de verdadera entrega y amor al prójimo. Además
de las tareas que continúan realizando, las hermanas se dedican dentro del
hospital a ayudar al personal sanitario, atienden los talleres artesanales y
de cerámica, distribuyen alimentos y medicamentos donados por instituciones
de otros países, y ayudan económicamente a los pacientes más necesitados
gracias a los donativos entregados por los fieles que visitan el santuario.
Edificación
del nuevo hospital Las
tristementes célebres canteras de San Lázaro, lugar en donde los presos
políticos eran obligados a trabajar por las autoridades españolas en plena
Guerra de los Diez Años (1868-1878), adquirieron con el transcurso del
tiempo un valor inestimable dada la cantidad y calidad de las piedras que
contenían y sus provechosos hornos de cal. Por estas razones eran muy
codiciadas para la realización de obras públicas. Allí
realizó trabajos forzados el héroe nacional cubano, José Martí, a
inicios de 1870, a la edad de dieciséis años, luego de ser condenado por
un tribunal militar durante el gobierno del conde de Balmaseda. Martí,
conmovido por el maltrato y castigo a que eran sometidos los prisioneros, no
pudo menos que reflejar en sus escritos el horror vivido en las canteras: (...)
cincuenta hombres pálidos y demacrados, aturdidos por los gritos y el ruido
de cincuenta cadenas, cruzando algunas de ellas tres veces el cuerpo del
penado; y el continuo chasquido del palo en las carnes, y las blasfemias de
los apaleadores, y el silencio terrible de los apaleados, y todo repetido
incansablemente un día y otro día y una hora y otra hora, y doce horas
cada día; he ahí pálida y débil la pintura de las canteras. Ninguna
pluma que se inspire en el bien puede pintar en todo su horror el frenesí
del mal. Todo tiene su término en la monotonía, hasta el crimen es monótono,
que monótono se ha hecho ya el crimen del horrendo
cementerio de San Lázaro. Tanto
era el martirio de los penados que muchos de ellos, incluido el Apóstol,
tuvieron que ser atendidos en el Hospital San Lázaro. Nueve
años antes de ser condenado Martí, el reverendo Manuel Gómez Marañón se
enfrascó en una dura batalla para lograr que le fuese pagado al hospital el
valor de dichas canteras, que legalmente estaban bajo propiedad del
sanatorio, lo que finalmente logró en 1863. A
principios de 1899, las autoridades norteamericanas que entonces gobernaban
la Isla decidieron trasladar el hospital a otro sitio, en las afueras de la
ciudad, pues para entonces el lugar que ocupaba se hallaba dentro de los límites
citadinos. Luego
de largas deliberaciones, la Junta de Patronos creada el 27 de noviembre de
1890 para conducir y administrar los asuntos del hospital, acordó adquirir
la finca Dos Hermanos, situada en la barriada del Rincón, y construir allá
el nuevo hospital, cuya fabricación le fue encomendada al contratista Orbás
Simón. En
mayo de 1915 los terrenos y el edificio del antiguo hospital de la caleta
fueron vendidos en pública subasta por un valor de $376 079 90 en oro
norteamericano; los nuevos propietarios exigieron su entrega para el mes de
diciembre del siguiente año. Esto hizo que, dado lo retrasada que iba la
construcción del nuevo edificio, el secretario de sanidad, Raimundo Menocal,
dispusiera el traslado de los enfermos para la localidad del Mariel hasta
tanto se terminaran las obras. De este modo, el doctor Menocal trataba de
revivir el viejo proyecto de construir la leprosería bien lejos de la
ciudad, con el fin de aislar completamente a los enfermos. Esta
orden dio lugar a serios e imprevistos desórdenes entre los pacientes, ya
que al informárseles que iban a ser trasladados para el lazareto del Mariel
se amotinaron y se negaron a abandonar el viejo edificio, temerosos de ser
enviados a algún islote. El conflicto llegó a adquirir proporciones
alarmantes, sobre todo cuando un mal intencionado propaló entre los
enfermos el falso rumor de que serían arrojados al agua una vez que las
embarcaciones saliesen mar afuera; por lo que administradores y personas
encargadas del hospital tuvieron que intervenir y prometer el traslado
definitivo para el Rincón tan pronto estuviesen dadas tas condiciones. Sin
embargo, los enfermos no cedieron, a tal punto que hubo de intervenir el
tercio táctico (cuerpo militar que pertenecía al ejército) para tratar de
sacar a los amotinados. Aun
así fue imposible desalojarlos del lugar y, contrariamente a la actitud
asumida hasta entonces, muchas personas se solidarizaron con los enfermos y
salieron a las calles en su defensa para exigir que les fuesen respetadas
las vidas y garantizadas las mínimas condiciones. Tal
magnitud tomó el acontecimiento que los diarios de la época destacaron el
incidente en primera plana con fotografías que mostraban a la población
con pancartas, haciéndose eco de las garantías solicitadas. Consecuentemente,
el padre Apolinar López decidió tomar partido en el asunto. López era un
sacerdote mexicano, que había llegado a Cuba huyendo de la revolución
anticlerical mexicana, y lo habían situado en el hospital como ayudante del
capellán. Posteriormente el capellán renunció y él se quedó como
rector. Durante treinta y siete años López se consagró a brindarle a los
enfermos afecto y cariño, junto a las monjas que los atendían. De
modo que llegado el momento, salió junto con las Hermanas de la Caridad y
los dolientes, con garantías de que nada les sucedería, y tomó las
ambulancias que les conducirían desde el traspasado hospital hasta el
embarcadero, donde los esperaban los navios norteamericanos Georgia y
Atlanta que los llevarían hasta el Mariel. Al
atardecer del día 26 de diciembre de 1916, en el centenario e histórico
hospital de las caletas de San Lázaro, reinaba el más absoluto e
impresionante silencio. Tras sus carcomidas y anquilosadas paredes quedaban
sellados doscientos cincuenta y cuatro años de decepciones, amarguras y
sufrimientos, desde que en 1662 fuera colocada la primera piedra del
edificio en el cual se asentaron los primeros enfermos de lepra reportados
en el país. El
ensayista español Jacobo de la Pezuela escribió al respecto". El pequeño
y rústico bohío que en 1662 se había destinado para albergar a los pobres
lazarinos, en 1916 había crecido enormemente hasta transformarse en un
vetusto edificio, que sin embargo resultaba estrecho para albergar dentro,
sin que sus arcaicos muros estallaran, tantas ilusiones y esperanzas. Un día
después, el 27 de diciembre, el centenario Hospital San Lázaro de La
Habana dejaba de existir. Las
llamas consumieron el hogar de cientos de personas que encontraron allí lo
que la colérica sociedad nunca les permitió compartir; casa, comida y
familia.
Traslado
del hospital al Rincón Mientras
las labores en el Rincón avanzaban, los enfermos —instalados en el Mariel
en dos míseras barracas— carecían de todo, hasta el agua era
insuficiente y los insumos había que llevarlos por mar desde la capital. Allí no
había nada, ni camas, ni ropas, ni alimentos; sobre el dolor de sus cuerpos
cebóse el hambre, el frío y la miseria y únicamente las Hijas de la
Caridad soportaron con ellos tales inclemencias y se esforzaron por poner término
a tantos males. Dos meses
duró aquel infierno, hasta que el 25 de febrero de 1917, cuando ya la
situación se tornó lo suficientemente crítica e insoportable, los
enfermos se insubordinaron. Con antorchas prendieron fuego a las barracas y
a campo raso se quedaron, desnudos, sin alimentos y en el mayor abandono. Al
día siguiente fueron trasladados a la nueva casa-hospital, donde ocuparon
los pabellones que estaban casi terminados mientras se alistaba el resto
para dejarlo totalmente habitable. Se
cuenta que al llegar: (...) el hospital sólo tenía unos cuantos pabellones
a medio construir en pleno campo cenagoso, sin agua y sin luz, ausencia de
calles, no había casa para las monjas, ni condiciones elementales para la
estancia de los enfermos. No
obstante, se escogió el lugar por las siguientes razones: -
Se encontraba alejado del centro de la ciudad, lo cual evitaba el contagio. -
Existía abundante vegetación y clima adecuado para el bienestar de los
pacientes. - Tenía
tres caballerías de tierra para todo tipo de cultivo. -
Las ventajas que ofrecía estar enclavado en una zona de fácil comunicación. -
La posibilidad de utilizar e! fluido eléctrico de la Empresa de
Ferrocarriles Unidos, así como el agua del acueducto de Santiago de las
Vegas. El primer
director del hospital fue el doctor José A. Clark, sustituido pocos meses
después por el doctor Benjamín Primelles, quien proyectó la llamada
“ciudad higiénica” con el objetivo de construir casas para los
matrimonios de enfermos o que fuesen amigos por ser de igual procedencia. Hacia
1930 y 1932 se amplió el sanatorio con la construcción de nuevos
pabellones (para niños y asiáticos), y en 1936, año en que se dio por
terminada la obra, se eligió una nueva junta patronal. Testimonios
de un ex-paciente del Hospital resultan reveladoras. —Mi
nombre es Francisco Barrera Menadiego, estoy en la clínica desde el año
1930 y tengo setenta y siete años. Cuando me curé, estuve veintiún años
viviendo en casa, me hice carpintero y trabajé muchas veces en el
santuario; luego me casé, mi esposa me dio un hijo y, cuando ella falleció,
regresé nuevamente al hospital. “Las
condiciones en las que se encontraba el sanatorio antiguamente eran muy
distintas a las que tiene ahora; antes era como un potrero, habían pocas
medicinas y las existentes por lo general no te curaban; La enfermedad
estaba muy avanzada en los pacientes. También había menos médicos que
ahora pero, figúrese, se hacia lo que se podía. Recuerdo que llegaron a
haber hasta cuatrocientos veintiséis pacientes hospitalizados que venían
de todas las provincias del país. “Como
en aquel entonces se le tenía mucho temor a la lepra, mi madre, mi hermana
y yo vinimos a curarnos desde Palma Soriano. A mi madre se le notaba mucho
la enfermedad, pero mi hermana y yo llegamos bastante bien. Ya ambas
murieron, la vieja falleció en 1935 y mi hermana nueve años después. "En
cuanto a la relación que siempre ha existido con nuestra enfermedad y el
culto a San Lázaro, te pudiera decir que muchos de nosotros le hemos pedido
para que nos cure y para que descubrieran la medicina que hiciera el milagro
de salvarnos. Para algunos llegó tarde, pero los que logramos sobrevivir
moriremos con la tranquilidad de que el remedio apareció para bien nuestro
y de la humanidad. Ya para
el año 1944 se habían logrado sensibles mejoras, entre ellas la construcción
de un paradero para el ómnibus, un kiosco para venta de artículos de
consumo, una biblioteca científica, garage, servicios sanitarios, el Rincón
Martiano, oficinas y un laboratorio. Posteriormente se fundó la Asociación
de Pacientes del Hospital San Lázaro. En
1952 se puso énfasis en la creación de un órgano oficial con el objetivo
de difundir, entre los feligreses que visitaban la iglesia, las penas, alegrías,
esperanzas y anhelos de los pacientes, idea que se materializó en 1955,
cuando salió a la luz el primer número de la gaceta mensual Rincón, que
circuló por espacio de dos años consecutivos. Es
preciso apuntar que el Hospital San Lázaro no estuvo ajeno a la lucha de la
mayor parte del pueblo contra la tiranía de Gerardo Machado (1929-1933). La
intranquilidad en que vivía el país repercutió en gran medida en los
pacientes, quienes no dejaron de hacer pública su protesta en favor de la
caída del gobierno machadista. Para
conjurar esta situación fue nombrado un supervisor militar con amplias
facultades administrativas, hasta que el 12 de agosto de 1933 es derrocado
estrepitosamente el dictador. Los enfermos se liberaron de la presión a que
estaban sometidos y contagiados con el júbilo popular, expulsaron a
pedradas al supervisor, barrieron a todos los empleados tildados de
“machadistas” y realizaron un funeral simbólico del depuesto gobierno.
Estos instantes fueron aprovechados para bautizar sendos pabellones con los
nombres de dos estudiantes asesinados durante el machadato: Julio Antonio
Mella y Félix Alpízar. Según
testimoniantes, igual actitud asumieron los enfermos durante la lucha contra
la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1959), pues apoyaron al movimiento
revolucionario que convulsionó a la Isla a partir de 1957, y que condujo al
triunfo del Ejército Rebelde que comandaba Fidel Castro. Tanto el sanatorio
de La Habana como el de otras provincias, especialmente el de San Luis de
Jagua, en Santiago de Cuba, se sumaron a la lucha popular en favor de la caída
del gobierno batistiano. Otro
testimonio de la casa-hospital nos lo brinda Armando González Rodríguez,
quien labora en la misma desde 1959. —Antiguamente
los directores del hospital toleraban muchas cosas; había bodegas y bares,
se consentía el juego ilícito, se plantea incluso que había corrupción y
se bebía hasta muy tarde. "El
aporte que entregaba el Ministerio de Sanidad en aquel entonces era mínimo
y no satisfacía la totalidad de los gastos que requería el centro
asistencial, pero gracias a las propiedades donadas por gente de poder, que
tenía su creencia en el santo y que al fallecer dejaba sus bienes al
hospital, la institución recibía ingresos que permitían su mantenimiento
mediante hipotecas, alquileres y arrendamientos. "A
partir de 1959 la Revolución, a través del Ministerio de Salud Pública,
se ocupó del sanatorio y le entregó un presupuesto para los gastos
requeridos. “Dos
años más tarde comenzaron a llegar las primeras enfermeras como auxiliares
hasta la formación de un personal técnico y especializado en esta
enfermedad. Por esta razón, la Junta de Patronos puso término a la
regencia del hospital para dar paso a la nueva administracion. “Con
los años se incrementaron los médicos y se comenzaron a ofrecer todos los
servicios que los pacientes necesitaban, como cirugía, oftalmología, entre
otros, y se decidió mantener aquí el cuidado de estos pacientes porque
continuaban siendo rechazados por otras instalaciones de salud, por el temor
tan grande que despertaba esta enfermedad. La población temía al contagio
y hay quien decía que a los leprosos se le caían los pedazos del cuerpo,
hasta los mismos médicos sentían temor y costaba trabajo que las
enfermeras vinieran a laborar aquí. "Si hay otros lugares a donde ir,
para qué voy a trabajar al Rincón", decían muchas. "Recuerdo
que las Hermanas de la Caridad curaban a los enfermos sin medios de protección,
por ejemplo las vendas se lavaban y no se esterelizaban. Los enfermos
estaban muy deteriorados y muchos tenían llagas. Ellas lavaban las llagas
sin ninguna protección ni seguridad e increíblemente ninguna resultó
contagiada, por esto era tal el cariño que se les tomaba, y poco a poco iba
surgiendo entre ellas y los pacientes una relación maternal muy grande. “A
sor Esperanza, que falleció siendo una anciana, muchos enfermos le decían
madre, porque habían llegado aquí de niños y para ellos no existía otro
familiar en el mundo que no fuera esa monjita. Ella los atendía, les daba
afecto y aun siendo adultos la seguían llamando así. “Actualmente
ayudan en el hospital, atienden el santuario y parte de las limosnas que
dejan los peregrinos las reparten entre los pacientes, colaboran con los
familiares de éstos, con la institución y contribuyen a cualquier gasto
que pueda generarse. "También
entregan donaciones hechas por la Iglesia Católica y sirven de
coordinadoras al solicitar ayuda a instituciones religiosas que envían
medicamentos y otros insumos necesarios. “Se
ha dado el caso de pacientes que han estado ingresados en otras
instituciones de salud, con más recursos tecnológicos que ésta y, sin
embargo, vienen para acá con la justificación de que únicamente aquí se
curarán, tal vez la creencia ha influido en esa decisión, ¿quién sabe? “Los
dermatólogos son los mismos y los conocimientos también. Me imagino que
tal vez el "agua
bendita" tenga que ver en ello. Yo, particularmente, la tomo todos los
días, la he estado tomando durante treinta y pico de años, así que ¡ojalá
que sea bendita!; lo que si no creo es que sea mala porque si estuvo durante
años sin ningún tipo de clorificación y sin recibir tratamiento y jamás
ha habido aquí enfermedades por contaminación o algo así, se puede decir
que es un agua bastante pura y saludable. Hoy sólo
permanecen en la casa-hospital del Rincón los más antiguos pacientes, dado
que la mayoría de los casos que todavía se presentan son atendidos de
forma ambulatoria y con modernos tratamientos asistenciales. Otros
hospitales fueron construidos en las provincias de Villa Clara, Camagüey y
Santiago de Cuba y específicamente en esta última se edificó, a dieciséis
kilómetros de la ciudad, el Sanatorio Nacional de San Luis de Jagua, para
atender a enfermos de las provincias orientales.
Medicamentos
utilizados contra la lepra Prestigiosos
médicos, científicos y académicos estuvieron durante años investigando,
debatiendo y ofreciendo conferencias sobre la lepra y los resultados que
poco a poco se fueron alcanzando para eliminar este flagelo, que durante
siglos azotó a la humanidad. Muchos
de estos debates se encuentran archivados y constituyen importantes
documentos para los anales de la medicina cubana, porque muestran cuan
creciente era el desvelo por combatir esta milenaria enfermedad. Entre
las figuras cubanas más prominentes que pusieron notable empeño en
descubrir el remedio a tal padecimiento se hallan los doctores Fernando
Rivas —primero en ofrecer una conferencia sobre el tema en la Sociedad
Económica de Amigos del País—, Armando González del Valle, José F.
Arango, Carlos J. Finlay y Manuel F. Alfonso. Fórmulas
para curar o aliviar la lepra se inventaron en disímiles y variadas formas,
desde bálsamos y jabones solubles hasta píldoras e infusiones. El
guano, el cuichunchillí, la zarzaparrilla de palito y la hidrocotyla asiática
fueron los medicamentos más usados sin que tuviesen eficacia o efectos
positivos. Luego aparecieron productos naturales como el aceite de
chaulmoogra y el mangle rojo, hasta que posteriormente se aplicó otro método
a base de sulfonas. Cuba aparece como el primer país latino-americano que
utilizó este medicamento con excelentes resultados.
A pocos
meses de dar a luz a su primera hija, de nombre Betania, la doctora Matilde
Álvarez, directora del hospital especializado en dermatología Doctor
Guillermo Fernández Hernández-Baquero, fue designada por su vocación a la
medicina y por su meritoria labor en anteriores centros asistenciales para
ocupar el cargo que desempeña desde 1990. Pese
a las dificultades que ha debido enfrentar durante el transcurso del llamado
Período Especial por la falta de medicamentos y equipos necesarios para el
tratamiento de los enfermos, la doctora Álvarez confiesa su amor por la
institución que encabeza y por la labor que médicos, enfermeras y todo el
personal auxiliar que labora en el centro realizan para devolver a cada
paciente, cada día y a cada hora, la salud que requiere para integrarlo
plenamente a la sociedad. La
doctora Álvarez nos habla de algunas de las características del centro que
ella dirige: —“En
la actualidad nuestro hospital no atiende solamente a pacientes enfermos de
lepra, sino que presta servicios más amplios a enfermos afectados en
cualquier especialidad de dermatología general, ya sea psoriasis, pie
plano, lupus eritomatoso, dermatitis crónica o aguda, intoxicación y
otras. "Contamos
con un salón de cirugía en el cual se realizan operaciones de diferentes
tipos, como la rehabilitación quirúrgica de los pacientes e intervenciones
en la especialidad de oftalmología, angiología, dermatología y cirugía
reconstructiva. Asimismo, existen habitaciones equipadas para cuidados
intensivos y un departamento de fisioterapia para el tratamiento de los
enfermos ingresados y de consulta extema, es decir, que la instalación médica
no se limita al paciente ingresado, sino que se proyecta también hacia la
comunidad para ofrecer estos servicios. "Tenemos
trescientas dos camas distribuidas en doce salas para la atención al
paciente ingresado, además del laboratorio clínico y microbiológico, y
los departamentos de trabajo social, esterilización, ergoterapia, farmacia,
biblioteca, rayos X y un taller de zapatería que labora para proporcionar
un calzado especializado a los enfermos.
Sobre los
actuales medicamentos para combatir la enfermedad comenta: —“El
procedimiento que se utiliza a nivel internacional, en estos momentos, para
detener esta enfermedad se halla determinado por la administración conjunta
de varios medicamentos a la vez, lo cual se conoce como tratamiento
multidroga. Orientado por la Organización Mundial de la Salud, este método
lo conforman tres fármacos muy potentes; la rifampicina, el lamprem y el
dapsona, cuyos efectos destruyen al bacilo de Hansen, que provoca el
padecimiento de la lepra. "Pero lo más importante en esta cura es que el enfermo sea disciplinado en su cumplimiento para evitar incapacidades y para que la curación sea definitiva. Según
la directora de la institución hay una estrecha relación entre el hospital
y la comunidad religiosa: —“El
santuario de San Lázaro está ubicado dentro de los límites territoriales
del hospital, a donde llegan miles de personas desde diferentes puntos del
territorio nacional. "En
el mismo se haya la comunidad religiosa Orden Hijas de la Caridad, que
conforman las hermanas o monjas, las cuales realizan en el hospital diversas
labores de incalculable valor, tanto para los enfermos como para el personal
que trabaja en el centro, por la experiencia que han atesorado durante años
en el cuidado de los pacientes de lepra. "Las
hermanas de la Caridad, que también están preparadas para ejercer como
asistentes, trabajan en el hospital junto a las enfermeras que se gradúan
en los centros técnicos de medicina, prestando servicios en varios aspectos
pero fundamentalmente en la difícil tarea de curar las pústulas del
paciente, puesto que en ocasiones resulta desagradable porque son lesiones
grandes, fétidas, feas y muy contaminantes. "También
ayudan al bienestar anímico del enfermo. No todos nuestros pacientes tienen
las mismas necesidades espirituales, los hay ateos pero los hay creyentes,
que profesan el catolicismo y para cualquier tipo de asistencia espiritual
que requieran éstos acuden al edificio donde radican las monjas. "
Pero independientemente del tipo de creencia que tenga el enfermo, ellas
siempre están prestas a ayudarlo, a darle aliento, un gesto de apoyo. La
madre superiora, hermana sor María del Puig, contactó a través de la
Iglesia Católica con organizaciones no gubernamentales (ONGs) para la búsqueda
de donativos necesarios al hospital. Por esta razón, la fundación
humanitaria Caritas Cuba nos envió un importante cargamento que ha
representado mucho en cuanto a poder ofrecer una mejor atención con medios
para diagnósticos de calidad: reactivos, medios de cultivo, equipos de
laboratorio y electromédicos formaron parte del embarque llegado en 1995. "Además,
nos amueblaron la cocina-comedor que fue construida con ayuda de Labiofam
(Laboratorios Biofarmaceúticos), bajo la dirección del doctor Fraga
Castro, quien nos prestó mucho apoyo en la edificación del inmueble. "De
Caritas Cuba recibimos un gran lote de medicinas: vitaminas, antianémicos,
analgésicos, antiinflamatórios y reconstituyentes, lo cual nos permitió
beneficiar a la población que acudió a nuestro centro, a la vez que
aseguramos durante dos años diversos tratamientos a los pacientes
ingresados. Se habilitó el taller de zapatería del hospital por la ONG
Misericord (misericordia), que nos entregó material para la fabricación de
calzado, y la organización religiosa Pastores por la Paz, en una de las
caravanas que prepararon para traer donativos a Cuba, nos trajo varias
bicicletas y un ómnibus para los obreros. “Es
decir, que la relación del hospital con la comunidad religiosa ha sido y es
muy valiosa por los estrechos vínculos que mantienen ambas instituciones,
no sólo desde la llegada de las monjas al hospital sino desde el primer
presbítero que se ocupó de mejorar la vida de los pacientes y
garantizarles su bienestar. Finalmente,
interrogada sobre el futuro de la institución, la doctora Álvarez nos
dice: —“Consideramos
que los servicios asistenciales deben ampliarse más hacia la comunidad en
el caso de las especialidades dermatológicas, dado que el programa de
control de lepra en el país ha logrado disminuir, en forma efectiva, el número
de pacientes aquejados de este mal, por lo que la institución podría
asumir los casos de dermatología general y brindar, de este modo, mayor
esmero hacia enfermos que padecen de otras afecciones dermatológicas. Días
después de realizada esta entrevista, el director nacional de epidemiología
del Ministerio de Salud Pública, doctor Rolando Ramírez, informaba al periódico
Granma que Cuba había cumplido el proyecto de la Organización Mundial de
la Salud: la eliminación de la lepra como problema de salud pública para
el año 2000. El
país se halla actualmente en la fase post-eliminatoria, lo cual se traduce,
en el orden epidemiológico, en la existencia de una tasa de prevalencia
(total de enfermos) por debajo del uno por ciento por cada diez mil
habitantes. El
funcionario reveló que los seiscientos cincuenta y dos casos de lepra
existentes en la nación, en 1998, se encuentran bajo tratamiento médico, y
el ochenta y cinco por ciento fue diagnosticado en una etapa precoz de ese
padecimiento, por lo que se encuentran libres de secuelas.
Aunque en
la actualidad los pacientes del Hospital San Lázaro no heredan fincas, ni
reciben aportes monetarios de acaudaladas familias, ni son propietarios de
codiciadas canteras de piedras, cuentan, sin embargo, con el afecto y el
cariño de miles de personas que, año tras año, les entregan lo mejor de sí
y comparten con ellos todo lo que esté a su alcance para hacerles la vida más
sana y placentera, para que sepan que ya no son aquella ralea discriminada y
apestada de tiempos remotos, ni que viven olvidados en lejanas barracas o en
antiguos testamentos. Testimonio
excepcional de amistad y adoración nos lo ofreció quien supo darles apoyo
y simpatía a los pacientes que aún, después de treinta años, la quieren
y admiran hasta el punto de haberla bautizado como madrina del hospital. Motivó
a los más talentosos y reconocidos músicos y artistas cubanos para formar
el proyecto cultural “Rincón”, pues sienten un profundo respeto por la
labor de rehabilitación que realizan médicos y enfermeras del sanatorio. Unido
a su confesa devoción por el culto a San Lázaro, la célebre vedette
cubana Rosita Fornés transformó —según sus palabras— en experiencia
única y especial su relación con la institución, por lo
que accedió a narrarnos sus impresiones desde el mismo instante en
que recibió, por vez primera, la visita de varios enfermos del hospital. —“Quienes
me declararon madrina del hospital fueron los propios pacientes. Recuerdo
que vino a casa una comisión que atendía la parte cultural de los que están
allí internados y me pidió que fuera su madrina. Les pregunté: "¿Por
qué?", y me respondieron; "Bueno, porque le tenemos mucha
admiración y deseamos que vaya a compartir con nosotros". “Yo
fui al hospital del Rincón, por primera vez, llevada por una artista de los
tiempos del Alhambra, que conocí cuando debuté en la televisión, y que
también fue madrina del hospital. Luz Gil se llamaba, era de origen
mexicano y se dedicaba a llevar de vez en cuando espectáculos al
sanatorio en los que varias veces me incluyó. Cuando Luz falleció,
los pacientes vinieron y entonces me comprometí con ellos.” Dios
es amor, y Jesús, un joven enfermo que casualmente llevaba el nombre del
hijo de Dios, es el principio de una historia que comenzó precisamente por
amor —y el deseo de hacer feliz— a quienes lo atendieron como verdadera
familia. Sobre él, la artista nos relata: —“Hubo
un joven nombrado Jesús, que considero muy importante mencionarlo ahora,
porque él fue quien vino a casa a pedirme, por primera vez, que fuera a
compartir con los enfermos. "Desgraciadamente
falleció, porque le cayó una pasión de ánimo muy fuerte que lo hizo
abandonar el tratamiento y no se dejaba curar ni atender. “La
historia de ese muchacho era un poco triste, porque estaba desde los doce años
en el sanatorio. “Su
más profundo dolor era que la familia lo había abandonado, no le quedaba
nadie en el mundo, a excepción de las monjas que lo trataban como a un
hijo, y por eso él solicitó mi presencia, que lo fuera a ver porque
necesitaba hablar conmigo. "Cuando
llegué, la enfermedad le había avanzado. Aquello fue muy impresionante; la
lepra le comió la nariz, la garganta, no tenía casi voz, se quedó sin
dedos, y entonces él me pidió, lo recuerdo como si fuera ayer:
"Rosita, no quiero que me entierren en el cementerio del hospital, sino
en el cementerio de Colón". "Conversé
con los médicos y me explicaron que en este tipo de enfermos lo que se debe
controlar es que no caigan en ese estado anímico depresivo porque les hace
mucho daño, sin embargo, si se cuidan lo más probable es que muriesen de
cualquier cosa menos de lepra. "Inmediatamente
hice la diligencia con las monjas y con la dirección del hospital, para que
intervinieran y finalmente cuando falleció lo sepultaron en donde él lo
pidió. Tenía cuarenta y dos años cuando murió. —“Una
de las cosas que más me impactó durante mi visita al hospital fue el
personal médico, incluyendo al cuerpo de enfermeras. Por ellos supe del
trabajo de las monjitas, que bañaban a los enfermos, les curaban las llagas
y los asistían hasta el último momento. "Las
vi ayudándolos a levantarse para que hicieran sus necesidades, o auxiliándolos
en cualquier cosa que les hiciera falta, y me causó mucho asombro el saber
que ninguna se ha muerto de lepra, ni se ha infectado con la enfermedad a
pesar de que se transmite por la sangre.
Con
el desarrollo de la ciencia y la sociedad cambió la situación de los
enfermos los cuales reciben actualmente un tratamiento que les permite
tener un estado físico y mental adecuado. Nota:
La lepra no constituye un problema de salud en nuestra sociedad , por el
bajo índice de pacientes infectados pues es una de las menos contajiosas
dentro del grupo de las enfermedades transmisibles.
(...)Mucho le hemos pedido (a San Lázaro) para que nos cure e hiciera el milagro de salvarnos... para algunos llegó tarde, pero los que logramos sobrevivir moriremos con la tranquilidad de que el remedio apareció para bien nuestro y de la humanidad.
Francisco Barrera
Menadiego Paciente de lepra
del Hospital de San Lázaro
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