Vieja medicina, o cómo superar el temor a las inyecciones.

Autor: Dr. Rafael Bullé-Goiri Minter

Master en Psicología de la Salud
Director de la Revista "La Ciencia y el Hombre"
Universidad Veracruzana
México

 

 

Repulsa, a primera y segunda vistas, el anónimo grabado del siglo XVI que retrata una ope-ración quirúrgica y que se encuentra en algún museo de difícil nombre de algún lugar de nombre más difícil aún. En una habitación de techo bajo tapizado con flores de lis, se halla una elegante cama con patas talladas con preciosura sobre la cual hay una almohadilla en que apoya la cabeza el enfermo, quien se halla rodeado de siete personajes ocupados en diversos menesteres. Hay en el grabado dos mujeres que realizan tareas indiscernibles, un afilador de cuchillos, un criado que penetra al aposento llevando alimentos y vino, y otro más que calienta paños en un hornillo. Llama especialmente la atención un gato que se entretiene en el suelo con lo que parecen ser restos del doliente.

Entre esos personajes sobresalen los dos cirujanos que están a punto de practicarle una trepanación. El cirujano mayor -de calzas, pantaloncetes, gola, jubón y medias- sostiene en la mano izquierda un cincel que hinca en el cráneo del desgraciado, colocado en decúbito dorsal, mientras que con la derecha prepara el martillo con el que dará el golpe. El cirujano menor, de capa larga y excéntrica escarcela, observa imperturbable la inminente acción.

Por supuesto, no hay anestesista, pues la anestesia consistía en esos duros tiempos de la medicina en un poco de opio que adormecía levemente; en una botella de vino para propiciar la embriaguez, o en sangrías que debilitaban tanto al paciente que le provocaban un sueño que, empero, no bastaba en modo alguno para evitar el intolerable dolor provocado por la cirugía. Sobrecoge imaginar lo que siguió a esta escena congelada en el grabado.

Pero ya la trepanación la practicaba desde los tiempos prehistóricos el hombre de Neanderthal, si bien con otros propósitos y otras herramientas. Si los médicos del siglo XVI empleaban utensilios de fabricación minuciosa, los primitivos utilizaban como cinceles huesos endurecidos con el fuego y una simple piedra como martillo.

Como se ve, los instrumentos y técnicas que se empleaban en la cirugía premoderna bastan para quitar el hambre al más despiadado observador. Destacan entre ellos el aceite hirviendo para las heridas infectadas, el hierro al rojo vivo para sortear las hemorragias, y una sierra rudimentaria para amputar los miembros. Howard Pyle, por ejemplo, viejo médi-co de la corte de Isabel I de Inglaterra, relata que si algo le molestaba particularmente al operar, era el polvillo que se desprendía de los huesos seccionados por el serrucho, el que le causaba tales estornudos que debía suspender por varios minutos la cirugía, para desgracia del paciente, quien se hallaba atado con correas y cadenas y tan lúcido como se puede estar en un trance como ese.

La amputación de miembros era una de las operaciones que contaban con el mayor número de adeptos. En los círculos médicos ilustrados aún se comentan las proezas del doctor Keiner, quien en sólo un año, el de 1876, practicó más de nueve mil, lo que de cualquier manera no era tan desusado en tales épocas. Si se conocían de antemano los funestos resultados de una cirugía así, bien se hubiera podido hacerla más misericordiosa recurriendo al tajo del hacha que al lento y bestial corte de la sierra. Pero no: el hacha era una herramienta de verdugos, no de cirujanos; así que estos recurrían a la segueta para ganar respeto y posición social. En fin, pareciera que la cisura de los músculos con navajas todavía teñidas con la sangre del anterior paciente, o el abrasamiento de las heridas me-diante el hierro candente, eran operaciones que respondían más a la ferocidad del cirujano que a la necesidad de aliviar las mortificaciones del enfermo.

Como se puede ver, sin los medios asépticos que se descubrieron tres siglos más tarde, los resultados de tan groseras cirugías eran desastrosos: una pequeña herida o una fractura tenían como secuela casi irremediable la gangrena o la septicemia, y, de ahí, la tumba.

Pero durante los tres siglos que siguieron, esos bárbaros procedimientos no se me-joraron grandemente en la cirugía en particular ni en la medicina en general. En esta última, que se basaba en la teoría hipocrática de los humores, se recurría casi invariablemente a las sangrías, vejigatorios, sudores y purgantes -pero sobre todo a las sangrías- para aliviar, también en teoría, cualquier enfermedad, con independencia de sus causas y síntomas. Re-cuérdense tan sólo la fístula anal de Luis XIV de Francia, operada una y otra vez sin el con-suelo de un poco de anestesia, o las extracciones dentales practicadas por barberos repulsivos validos de tenazas.

Vayámonos más atrás en la historia, sin embargo. Concretamente, al periodo clásico grecolatino. En esa época, había una receta de uso consuetudinario para prácticamente cualquier enfermedad: los vomitivos. Al igual que las sangrías después, los vomitivos entonces se utilizaban tanto para la neumonía como para el mal de San Vito, para las fiebres tercianas o para el entripado. No sólo eso: el buen vomitivo debía ir acompañado de la lavativa, de modo que el aparato digestivo del paciente quedaba más pulcro que el quirófano de un hospital moderno. Por supuesto, muchos morían en el proceso, toda vez que la dosis de tales remedios era lo suficientemente frecuente como para que los miserables se deshidrataran sin más.

La Edad Media no tuvo muchos cambios en cuanto a los remedios utilizados, si bien se añadieron y privilegiaron otros, como el exorcismo, el agua bendita y las imploraciones a la divinidad, que, en rigor de verdad, siempre fueron inútiles para curar las enfermedades que tan abundantes fueron en ese negro periodo. A pesar de ello, destacaron grandes médicos entonces, sobre todo árabes, gracias a quienes el desarrollo de la medicina no sólo no se vio detenido, sino que incluso avanzó en ciertas regiones del suroeste europeo.

En París, ya durante el Renacimiento -concretamente en 1509-, cuando se realizaba un torneo de caballeros, Enrique II de Francia fue herido bárbaramente por el conde Montgomery. Relata Luján: "En la primera carrera, ambos jinetes rompieron sus lanzas pero se sostuvieron sobre las monturas a pesar del ímpetu del encuentro. Cambió el rey su lanza y sorprendentemente, contra todas las normas, el conde de Montgomery, distraído, conservó el fragmento del asta rota en sus manos. En el segundo choque, esta parte de la lanza resbaló en la coraza del rey, y levantando la visera, le alcanzó la parte superior del rostro, entre las dos cejas". Ganó la altura de la nariz y la extremidad inferior de la ceja izquierda, después siguió hacia la sien y, de ahí, al cerebro. Así herido, Enrique recibió la atención personal de Andrés Vesalio, entonces la máxima autoridad entre los cirujanos. Había, no obstante, que diagnosticar la magnitud de los daños padecidos para, a partir de él, emplear el tratamiento mejor. Vielliville nos relata el modo en que se llevó a cabo la horripilante verificación del diagnóstico: como obviamente no había en esos añejos tiempos ningún aparato de rayos X que permitiera ver el estado del cerebro, se utilizó a cuatro prisioneros del Grand Chastelet, a quienes en plena salud se les incrustó una estaca de una manera parecida a como había sido herido el rey. Una vez muertos, se analizó detenidamente la lesión producida para darse una idea los médicos de la magnitud del daño sufrido por el su majestad. De nada sirvió, porque la herida era impresionante. Así que los médicos se concretaron a recetarle pociones fibricentes y los consabidos purgantes. Como era de preverse, Enrique II murió a los diez días, más por los remedios aplicados que por la herida.

Por los mismos años, Michel de Montaigne, el padre del ensayo moderno, sufría ho-rriblemente: padecía el mal de piedra -que hoy llamaríamos cólico nefrítico- y bus-caba un alivio para esta enfermedad tan extraordinariamente penosa. Reacio a someterse a los inhumanos procedimientos quirúrgicos que ya entonces practicaban médicos como Am-brosio Paré y Pierre Franco, optó por un remedio no muy acostumbrado entonces: los baños termales.

Debe advertirse que el baño, en los tiempos de Montaigne, era absolutamente in-frecuente. Se cuenta que Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, afirmaba que sólo se baña-ba una vez al mes, "fuera o no fuera necesario". En efecto, sólo se remojaba la gente por instrucciones del médico o por un pleno convencimiento filosófico, no por higiene, y además se hacía con tanto temor que sólo se aseaba medio cuerpo; inclusive, el santo temor que inspiraba el agua hacía que ésta se cortara con leche. No es de sorprenderse, pues, que los baños termales de Montaigne fueran considerados como un tratamiento propio de enloquecidos. Pese a ello, los dolores sufridos por el escritor inglés lo llevaron a recorrer los balnearios de Plombières, en la frontera franco-alemana; de Bagneres, en Francia; de Baden, en Suiza, y de Lucca, en la Toscana. En todos ellos se sumergió no sólo hasta la cintura, sino hasta la cabeza, pero los malhadados cólicos no lo abandonaron por un ins-tante sino muchos años después, hasta su muerte, debida probablemente a un infarto y ocu-rrida mientras oía misa.

Shakespeare, de igual modo, murió de unas fiebres contraídas durante una cena. El remedio que se le aplicó durante su agonía fue bastante más caritativo -según el espíritu de los tiempos- que los baños de Montaigne. De hecho, fue muy dulce. En efecto, el doctor John Hall trató de aliviarlo de su dolencia con lo que consideraba la panacea para cualquier enfermedad: un elixir de violetas -la viola odorata- que se suponía efectivísima para los enfriamientos, la bronquitis y la tos. Las hojas, frescas, molidas y aplicadas como emplasto, se empleaban para la mastitis, las congestiones pulmonares y los tumores, pero también, cocidas como té, para librar de la embriaguez y la resaca subsecuente. A Shakespeare las violetas no lo libraron, sin embargo, de la muerte, ocurrida el mismo día y el mismo año que la de otro genio: Cervantes.

En el siglo XVII las cosas no mejoraron. Es ilustrativo el caso de otra reina, ahora Ana de Austria, la esposa de Luis XIII de Francia e inmortalizada por Alejandro Dumas como casquivana en Los Tres Mosqueteros. Resultó que un mal día la susodicha soberana amaneció con un tumor mamario. Claro está, para que fuese percibida la protuberancia es que el cáncer ya había avanzado irremediablemente; consecuentemente, los médicos reales recurrieron a los consabidos eméticos a base de ipecacuana, sangrías y lavativas, así como a un ungüento de belladona. En ese trance, se hizo presente en la corte un merolico de poca monta, Jean de Ailhaud, que valido de un exótico e ininteligible vocabulario hizo que la real paciente confiara enteramente en él y se dejara aplicar unos polvos que eran un revol-tijo de yerbas secas y molidas, tales como escamonea, guayaco, jalapa, sen y acíbar. Por razones que desconocemos, la reina experimentó una cierta mejoría y, como pago, nombró barón de Castelot al médico impostor. Como era de esperarse, semanas después Ana de Austria empeoró, razón por la cual se le tuvo que practicar una cruenta incisión en el seno para dar salida a la pus. Ya entonces la paciente experimentaba escalofríos y fiebre, y le brotó una erisipela que plagó sus brazos y espalda, la que se trató con agua de cal que le produjo agudísimos ardores. Después de que apareció una metástasis pulmonar, se le indujo a tomar opio en grandes cantidades y finalmente, los médicos, agotados, le recetaron descanso. Ese descanso lo tomó literalmente tan a pecho que se volvió un descanso eterno.

En esos años y en los inmediatamente posteriores destaca un remedio aconsejado por los médicos que hoy nos revolvería el estómago y nos provocaría náuseas incontrolables si siguiéramos al pie de la letra las recomendaciones de aquellos, como las seguían los gotosos de entonces. Este era el terrible "baño de tripas", consistente en introducir el pie afectado durante horas en heces humanas "rebajadas" con sangre de cerdo. Como todos los remedios de esos tiempos, era totalmente inefectivo; es más, como se supondrá, era enormemente dañino, sobre todo si se tenía alguna herida en el miembro estropeado, lo que producía severas infecciones y todas sus secuelas con la prontitud y frecuencia esperadas.

Ya he hablado anteriormente, si bien de pasada, de la famosa fístula anal de Luis XIV. Abordemos ahora más abundantemente el tema, ya que no la fístula. Este pobre rey -pobre solamente en cuanto a su paupérrima salud- fue a lo largo de su vida purgado 2,342 veces, recibió más de 400 lavativas y fue sangrado incontables veces debido a sus múltiples problemas de salud. En fin, cuando se supo que el monarca padecía esa fístula, se reunió en el castillo real a todos los fistulosos que se pudieran descubrir para experimentar cuantos remedios se pudiera (lo de siempre: cataplasmas, vomitivos, purgantes, sangrías y hasta baños de asiento). Cuando se vio que todo era ineficaz, se optó por operarlo. Se utilizó para ello un bisturí de plata, diseñado expresamente para él, al que se denominó "bisturí real". "Se le colocó en el borde del lecho -relata Luján- con un travesaño que sostenía el vientre, abiertas las piernas y sostenidas por los boticarios"; después de la operación, se cosió la herida "con hilos cubiertos de un linimento compuesto de yema de huevo". Luis XIV no se quejó ni una vez.

La majestuosa operación su puso de moda. Marqueses y duquesas, condes y princesas querían también operarse, tuvieran o no fístulas, y se enojaban tremendamente cuando se les decía que no había necesidad de una cirugía tal. No obstante, el Rey Sol no murió de la fístula ni de sus consecuencias, sino de una gangrena que primeramente se ha-bía considerado como una simple ciática. El remedio fue el más impensable: leche de burra y un brebaje de sabor tan espantoso que el paciente se negó a tomarlo. Como puede presu-mirse, era inevitable que el soberano muriera el 1 de septiembre de 1715, apenas un mes después que los médicos se percataran de los primeros dolores.

En fin, si hemos hablado tan abundantemente de los males de algunos personajes famosos, lo hemos hecho en razón de que es en sus biografías donde se halla una descripción más o menos confiable de los tratamientos utilizados en sus tiempos, los que de cualquier manera se empleaban con la gente más pobre del mismo modo que con los más pudientes. Una pierna amputada, por ejemplo, se cauterizaba del mismo modo en unos y otros, es decir, con un hierro calentado al rojo vivo, y se trataban las fiebres tercianas mediante vejigatorios, ya sea que se portara una capa de armiño o un triste jubón de lana.

Pero dejemos Europa y vengamos a nuestro continente, donde los remedios no eran nada diferentes de los del Viejo Mundo, si bien se condimentaban con productos locales. Siendo una región feraz, había un número considerable de plantas, y muchas de ellas tenían efectivamente propiedades curativas. Un inventario cabal de las mismas abarcaría páginas enteras, pero rescatemos aquí el palo santo, la mimosa, el epazote zorrillo, la tila o la manzanilla. En efecto, utilizadas como tés, cataplasmas, machacadas o fumadas incluso, dichas plantas se emplearon durante cientos de años para aliviar desde los dolores del parto hasta los cálculos vesicales, si bien muchas de ellas, gracias a los mecanismos para su aplicación, obraban sólo como placebos. Por supuesto, no faltaban las invocaciones a las diversas divinidades para que relajaran los sufrimientos del enfermo; de modo que las plegarias, mezcladas con los remedios y los ritos cristianos puestos en boga durante la Colonia, produjeron un catálogo sincrético de mejunjes contra las aflicciones de una longitud considerable, catálogo que hasta nuestros días se sigue empleando. Así, vemos en los países iberoamericanos que aún se sigue realizando el tronido del empacho, la limpia espiritual, los sortilegios para alejar el mal de ojo y muchos más, si bien esos "tratamientos" se han bautizado con nombres distintos en cada lugar. Conviven los mismos, además, de modo muy estrecho, con las técnicas médicas modernas más avanzadas, y no es infrecuente que los enfermos entremezclen los ritos del chamanismo y la tomografía axial computarizada con el propósito de aliviar sus males.

De cualquier modo, hasta hace no muchos años los remedios seguían siendo la mar de brutales. Son espeluznantes, por ejemplo, las descripciones que hacen Ralph Roeder y otros biógrafos de Benito Juárez, el insigne presidente mexicano, de los medios a él aplicados para salvarlo de la muerte en el no tan lejano año de 1872, dentro de los que destaca el uso repetido del agua hirviente aplicada a su pecho, la que, según se cuenta, le levantó una extensa ampolla de varios centímetros de grosor, recurso que de todos modos fue inútil para aliviarlo de la angina que lo llevó a la muerte.

Y no se diga de los tratamientos dentales, pues hasta los años cincuenta del siglo XX se utilizaba un taladro de pedal para las obturaciones, el que saturaba los consultorios de un penetrante olor a quemado; y tampoco dejemos en el tintero las amigdalectomías. En los principios del siglo recién concluido, el médico, para lograr la extracción de esas glándulas, las quemaba con un cautín, tras de lo cual se extraía la parte calcinada con unas pinzas. Toda vez que la operación era en extremo dolorosa, sólo se chamuscaba un poco cada vez, de modo que una operación completa podía durar varios días.

Si el olor de los hospitales modernos nos parece crispante a quienes no practicamos la noble profesión de la medicina, el de los galerones de antes debió ser irresistiblemente nauseabundo, al que se sumaba el asimismo repugnante hedor de la comida que ahí se servía . El mismo Hayward habla con respeto de los médicos y sus ayudantes, tan acostumbrados a la fetidez de las salas que, decían, podían reconocer cuándo es que había un "excelente mal olor quirúrgico".

Nos quejamos hoy día de las inyecciones intramusculares y de las intravenosas, nos parece insufrible el taladro dental y aborrecemos el lavado gástrico. Son tormentos inaguantables, según nos parece. Una simple jaqueca nos tumba en la cama y un raspón en la rodilla nos impide trabajar días enteros. Pero póngase el lector a pensar lo que le hubiera sucedido si hubiese vivido y enfermado en los siglos pasados, de haber sufrido una fractura compuesta que desembocaba en la amputación, una infección mínima que reclamaba el hierro, o una hemorragia que exigía el aceite humeante, y se percatará que no todo tiempo pasado fue mejor.

Medicina computarizada, cirugía de precisión hasta la micra, portentosas prótesis semibiónicas, anestesia perfecta, sorprendentes trasplantes de órganos, antibióticos, vacunas, analgésicos y vitaminas a granel; eso y mucho más es lo que gozamos hoy, y todavía nos quejamos de que se nos aplique de cuando en cuando una simple inyección intramuscular casi indolora.

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Última actualización: 16 de Mayo del 2002
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